31/5/08

Recuerdos de viejos fotógrafos de prensa II

Álvarez hizo cortar un mástil de bandera para no salir bajo en una foto

Anécdotas que han permanecido escondidas con los jugadores de fútbol o los militares, trifulcas memorables y hechos insólitos, pueblan estos recuerdos de antiguos reporteros gráficos.



Ocho fotógrafos y camarógrafos retirados pueden ser una inacabable fuente de testimonios curiosos, de esos que rara vez trascienden al público corriente. Sus recuerdos pueden ser tan jugosos y en ocasiones tan acusadores, que en este reportaje colectivo, han obligado al cronista en varias ocasiones a reproducirlos con cuidado, omitiendo posibles identificaciones a efectos de evitar herir susceptibilidades. No fue fácil reunirlos, pero este esfuerzo que comenzó a transcribirse la semana pasada y culmina en la próxima, valió la pena. Al terminar el capítulo anterior, los entrevistados (que tampoco rehuyeron las autocríticas) habían encarado el recuerdo de algunos episodios que involucran al gremio periodístico.

—Me estaban contando de algún enviado de la prensa a eventos del exterior, que con algunas copas de más era temible.

Rivas.— No creas que era solamente ese que te contamos, el que orinaba dentro de los zapatos de los huéspedes del hotel. Había otro que se tomaba el alcohol de los botiquines. Y no es una exageración. Yo lo vi meter algodón dentro de las botellas y chupárselo. Pero ese era un enfermo.

Caruso.— Esos dos, totalmente alcoholizados tuvieron una pelea feroz con dos chilenos en un hotel de Santiago. En la boite del hotel habían pretendido sacar a bailar a dos señoras que estaban con sus maridos. Ellas se negaron y se armó. Recuerdo que en la calle hubo una piñata terrible en la que los chilenos que eran inocentes de todo, llevaron la peor parte.

—La mala fama de los uruguayos en el exterior, tiene que tener alguna explicación. Cuando no son los jugadores, son los periodistas.

Bruzzone.— Lógicamente. Todo lo que uno ha presenciado, da para pensar.

Caruso.— Me estoy acordando de un negro grandote que jugaba en Nacional. ¡Baeza! Nacional perdió ese partido y cuando Calvo, que trabajaba en el diario Época lo fue a fotografiar, le dio un derechazo que lo acostó. La Asociación de Reporteros Gráficos reaccionó y amenazó no sacar más fotos del equipo. Al final, pidió disculpas.

Bruzzone.— Elgar Baeza fue el que tiró adentro del túnel de un piñazo a Pinino Más, en un partido contra River argentino.

Caruso.— Voy a contar otro gran lío en que me vi metido una tarde que Boca la ganó a Peñarol. Esa noche, los hinchas aurinegros fueron al Victoria Plaza a tirar piedras y a hacer escándalo. Intervino la policía y nos avisaron a la redacción de El Día. Cuando estaba llegando comencé a oler los gases lacrimógenos. Yo llevaba la Rolley y un flash enorme que pesaba cuatro quilos. Nadie podía confundirme con un hincha. Sin embargo, uno de la Guardia Metropolitana me dio flor de paliza con un espadín. La Asociación nuestra decretó un paro y convocó para un acto en la Plaza de Cagancha. Hubo una cosa curiosa: el orador que representaba a los reporteros gráficos nunca llegó y yo que era la víctima tuve que subir a contar la paliza que me habían dado. Al otro día el caricaturista de El Diario, que era Blankito, sacó un dibujo donde un policía me estaba curtiendo a palos mientras cantaba: "¡y dale, dale, los peñaroles!".

—¿Cómo ha sido la experiencia de ustedes en los partidos jugados en la altura?

Caruso.— Mi experiencia me indica que es inhumano. En un Sudamericano en La Paz, al terminar el primer tiempo todos los fotógrafos teníamos un estado nauseoso que no podíamos tenernos en pie y eso que no habíamos corrido ni medio metro. Me acuerdo que al terminar el partido, a los jugadores uruguayos les pusieron máscaras de oxígeno, dentro mismo de la cancha y cuando corrimos a fotografiar ese hecho, el Pilo Pignaloza de El País cayó en el medio del campo y ya no se pudo levantar más. Casi se nos muere.

Bruzzone.— Yo fui a Bolivia acompañando a la selección de Pasarella y puedo asegurar que al terminar el partido los jugadores nuestros estaban enteritos. Más te digo: estoy convencido que ese partido no se ganó porque Pasarella jugó a empatar. Así que para mí, la altura no cuenta.

Rivas.— No sé si fue en la misma eliminatoria, pero en un partido en La Paz que perdimos 1 a 0, Kessman estaba transmitiendo en un tercer piso y yo tenía que ir a la cancha y como no tenía el chaleco identificatorio me corrían apenas llegaba. Estuve subiendo y bajando las escaleras y no sentí nada. Eso sí, tomé litros de té de coca.

Vallarino.— Contá los líos que tuviste con Cubilla.

Rivas.— Con el Negro tuvimos una relación casi íntima. Paraba con la barra nuestra, Alfano, el Vito Fierro y otros en un café de 8 de octubre e Industrias. Tenía una novia que después fue señora de él a la que se la presentamos nosotros. Después se fue a Paraguay y cuando fui a filmar allí no sé qué cosa, me acordé que estaba él y le dije a mi compañero: "vamos a hacerle una nota y le levantamos unos centros para que se luzca un poco". Lo corriente. Nos vimos y chochos de la vida. Al cabo de unos años, él estaba dirigiendo a Danubio que jugaba contra Nacional. Como estaba lloviendo, me metí en otra cabina para no mojar la cámara. En eso vino Cubilla y me dijo: "¿usted qué está haciendo ahí? No puede estar porque es para los suplentes". Le contesté: "¿Pero Negro, soy yo ¿no me reconocés? Si salgo estropeo el equipo". Y él siempre sin tutearme. "Salga de la cabina, atrevido. A ver policías, retírenlo!" Largué la cámara, me le abalancé y casi me lo como. ¡Años habíamos estado tomando copas juntos!

—Nunca fuiste muy mansito, tampoco.

Rivas.— Lo mismo me pasó con Mazurkievicz y todavía tengo pendiente una pelea. Cuando nos encontremos no sé qué va a pasar. Lo conocí cuando era golero en las divisiones menores de Racing. Y trabajaba para Canal 4 y el señor Juan Carlos Zúñiga, que era el administrador de Noticias Uruguayas, estaba vinculado a Mazurkievicz y me mandaba a filmarlo dos por tres, porque decía que prometía mucho. En realidad, le estaba dando vida. Tiempo después, él ya estaba en la selección cuando la dirigía Hohberg y fuimos a un entrenamiento en San José y como llegamos tarde cuando ya estaban almorzando, le pedí a Langlade que me dejara hacer unas tomas igual. Me arrimé a donde estaba Mazurkievicz comiendo y de pronto me dice: "¿por qué no me sacás sentado en el water?". Te lo cuento así, pero me lo dijo con todas las letras. Yo me reí porque creí que era un chiste, pero él se paró y me lo repitió, como para pelear. Y ahí se armó la gorda. Tuvieron que venir a separarnos.

Bruzzone.— Es un tipo raro y creo que no le gusta que lo saquen. En un Mundial me pasó de verme venir y cruzar la calle para evitar las fotos.

—Después de todo estaba en su derecho.

Bruzzone.— No sé, porque es una persona pública.

González.— Las fotos son siempre un documento. En una final de la Copa Intercontinental que jugaron Racing de Buenos Aires y el Celtic de Glasgow, en Montevideo, ese club me había contratado para que filmara todo el partido. En aquel momento no había videos ni existía Tenfield. Al terminarse el partido se armó una trifulca entre todos los jugadores y la filmé cuidadosamente. Entregué los rollos sin revelar y al día siguiente cobré. Poco tiempo después la FIFA sancionó al Celtic basándose en el testimonio de la película. Ni siquiera cortaron escenas para favorecer a los europeos.

—¿Las empresas suelen cortar las filmaciones de acuerdo a sus intereses?

Varios. — ¡Sí!

Vallarino.— Yo confieso ser hincha ferviente de Nacional a tal punto, que cuando mi cuadro hacía algún gol, largaba la cámara y gritaba como loco. Tenía una de aquellas cámaras viejas con rollos de un minuto y medio. Por supuesto, no filmaba nada. Entonces vi que iba a perder el trabajo y decidí seriamente no gritar y filmar los goles. Fui al estadio de Cerro con esa intención. Pero ese partido Cerro le dio una baile histórico y yo me gasté el minuto y medio tratando de filmar un gol de Nacional, hasta que al final Celio Tabeira hizo uno y me salvó la vida. Pero igual me rezongaron, porque Cerro había atacado el 95% del tiempo y yo había filmado solamente los poquísimos ataques de mi club.

Bruzzone.— Vos habías preguntado si las empresas cortan las filmaciones o las fotos y aunque me meta en un lío, te voy a decir que sí. A todos nosotros nos hubiera gustado que no omitieran fotos o no cortaran videos porque ellos reflejaban la verdad.

Rivas.— A veces se corta con intención, a veces por amistad y a veces por ignorancia. Puede ocurrir que haya escenas en las cuales los empresarios crean que se perjudica a un avisador o a algún poder político o simplemente al club del cual son hinchas. ¿Ustedes se acuerdan de aquel gol que hizo Morena contra Nacional mientras el árbitro estaba agachado con el pito en la boca y la mano extendida señalando el área como si hubiera cobrado algo? Siempre se dijo que había cobrado y que después se arrepintió y dio el gol. Bueno, yo lo filmé todo con sonido, obviamente, pero el ruido del silbato no aparecía porque nunca había existido. Por lo tanto, no había sancionado nada. Sin embargo, un directivo del canal me ordenó que incorporara a la filmación el sonido de un pito. Por eso y por muchas otras cosas que me tocó vivir, nunca creí que aquí hubiera libertad de prensa. Los límites los ponen los patrones.

Bruzzone.— Estoy totalmente de acuerdo contigo. Te cuento una cortita de los años 70. Un día trabajando yo en La Mañana, me hicieron ir urgente en un remise para fotografiar un accidente que había habido en la carretera. Después me enteré que el coche lo había pagado ONDA para que se supiera que el ómnibus accidentado era de otra empresa rival.

—Es la contracara de algo que todos los periodistas de mi época veíamos: cuando se accidentaba un vehículo de ONDA, venía un funcionario del diario que también era empleado de la compañía para vigilar que el nombre de la empresa no saliera en el texto. Y si en la foto se veía el logotipo, lo hacía borrar. Había un compromiso porque ONDA llevaba gratis los diarios al interior.

Rivas.— Es lo que yo digo. ¿Dónde está la libertad de informar? No existe. Sale lo que los avisadores quieren.

González.— Cuando vino a jugar el Dínamo de Moscú el diario El Día se negó a dar la información porque venía de un país comunista. En la página de deportes anunciaron que Nacional jugaba contra un equipo extranjero al que no nombraban. Lo ignoraron antes y después del partido.

—Me gustaría que me contaran las relaciones que tuvieron como fotógrafos con los hombres públicos.

Portillo.— Tengo una muy buena para contar. Cuando subió el Goyo Alvarez me contrataron para sacar la foto oficial en la residencia de Suárez. La foto no tenía por qué ser nada del otro mundo, pero era comprometedora porque si me quedaba mal, no sabía lo que podría pasarme. En Suárez había una habitación con un cortinado azul que era el lugar ideal. Pero había que sacarlo al lado de la bandera y como el general es bajo, quedaba desproporcionado. Yo no sabía cómo explicárselo. Miraba y miraba y aquello era horrible. Al final él me preguntó medio enojado: "¿por qué no sacás?". Y yo tartamudeando de susto se lo expliqué. Entonces él llamó a un subalterno y le ordenó: ¡serruche el mástil de esa bandera a la altura que el fotógrafo le indique!" (Risas).

—Menos mal que es un símbolo patrio.

Rivas.— Nosotros teníamos que hacer guardia de mañana en Casa de Gobierno hasta que llegara él. Nos daban el desayuno a todos. Cuando venía el Goyo nos avisaban y teníamos que pararnos a lo milico nomás para saludarlo. Un día estaban haciendo un sorteo para ocupar unas viviendas que se estaban construyendo en la Rambla y Maciel, pero solamente tenían derecho los que ganaban menos de tal cantidad. Yo le llevé el recibo del canal donde constaba que ganaba una miseria y le dije que quería inscribirme. El Goyo no creyó cuál era mi sueldo hasta que se lo mostré. Entonces me dijo: "¿y por qué no hace huelga?" Y yo que siempre fui medio atrevidote le contesté: "¡qué vivo, general! Yo hago huelga y usted me curte a palos!" (Risas).

Caruso.— Y si hablamos de periodistas de costumbres curiosas, puedo mencionar a uno a quien conocí estrechamente, que se cortaba las uñas sobre la tierra porque decía que eran parte de su cuerpo y por lo tanto no debían ser tiradas a la basura.

—El canario Vera, legendario secretario de Redacción de El País, contaba que había constatado que un periodista con el cual había compartido algunos viajes, nunca se cambiaba la ropa interior y que pasados días o semanas, hacía un paquetito con ellas y las tiraba. (Risas)

Di Lorenzo.— Estoy seguro de saber quién es. Vivía rascando la caspa.

—Dejémoslo descansar en paz. Cuando hice mi primer viaje como cronista, que fue al Mundial del 62, aprendí también que los periodistas no se tenían confianza entre sí. Cuando había que llevar las notas o los rollos al aeropuerto, para no ir todos, se designaba a uno cualquiera. Pero ése siempre acompañado por otro, porque todos tenían miedo que tirara el material de los demás.

Di Lorenzo.— Había uno en especial al que todos le desconfiaban. También murió.

Caruso.— Con relación a los fotógrafos, eso cambió cuando se empezaron a enviar radiofotos. Pero también era complicado. Mandar una foto en blanco y negro demoraba siete minutos.

Bruzzone.— Empezá por contar que teníamos que improvisar laboratorios en los baños de los hoteles. Y por consiguiente, ni siquiera los podías utilizar para los menesteres normales de los baños.

Caruso.— Nosotros habitualmente alquilábamos dos habitaciones: una para el cronista y otra para el fotógrafo. El baño de éste era el laboratorio.

Bruzzone.— Pero ustedes eran un diario rico.

Caruso.— Mirá cómo terminó de ricos que éramos (risas). El asunto es que una vez hechas las fotos había que transmitirlas y esto lo hacíamos por teléfono. Pero cuando conseguíamos la comunicación, no se podía interrumpir, porque si no, había que empezar de nuevo. Por más que le avisáramos a la telefonista que no nos interrumpiera, dos por tres nos decía: "¿hablaron, hablaron?". Y vuelta a empezar. Hay que tener en cuenta que las fotos color demoraban bastante más que las de blanco y negro y además, teníamos que pasar varias. Para peor, a veces las comunicaciones se cortaban solas. Era una lucha. Demorábamos hasta la madrugada y a las ocho debíamos estar en la cancha sacando los entrenamientos.

Bruzzone.— La gente envidia a los fotógrafos porque cree que vamos a hacer turismo.

De León.— Ahora todo es una papa. Pasás las fotos hasta por el teléfono celular.

Bruzzone.— Yo siempre pienso qué hubiera sido si los periodistas noteros y los periodistas gráficos de antes, hubieran podido acceder a las técnicas de hoy. En nuestros días, la televisión directa te hace prescindir de los esfuerzos de antes.

—Estábamos hablando de la relación de los periodistas con los políticos.

De León.— Yo estuve muy cerca de Wilson, como fotógrafo y como adherente político, tanto que lo tuteaba. Así que voy a hablar con pasión. Ahora lo pienso y me parece un sueño haber hablado tanto con él, porque yo era apenas un fotógrafo y él lideraba medio país. No me consultaba, sería un idiota si lo dijera, pero más de una vez, una opinión mía, le hizo cambiar de parecer. En el 71 estábamos en un parador sobre el río Uruguay, creo que se llama Punta Gorda y alguien vino a decirle que debían entrar juntos con el general Aguerrondo a Colonia para demostrar la unidad del partido. Wilson le contestó que sí, pero seguramente vio mi cara y me preguntó: "¿no te gusta la idea, Negro?". Y yo le dije lo que me parecía, que él tenía que sacarle votos a los posibles adherentes del Frente y que de esa manera los perdía. Consecuencia: no entró con Aguerrondo a Colonia y se armó un gran lío interno.

Caruso.— El Negro no habla del tema. Pero la famosa foto del puerto de Montevideo cuando Wilson va preso y se da vuelta con los brazos en alto y haciendo la v con los dedos, la sacó él. Dio la vuelta al mundo y fue elegida como símbolo para la estatua que se acaba de inaugurar en el atrio de la Intendencia.

De León.— Esa fue la foto más especial que saqué.

Caruso.— Fue la tercera foto que inspiró un monumento. El erigido en homenaje a Herrera, fue tomado de una foto de AlfredoTestoni y el de Batlle en la escalera de la quinta, se basó en otra de mi padre Juan Caruso.

De León.— Yo venía con Wilson en el barco y para mí aquello era muy triste porque sabía que mi amigo iba directo al calabozo. Si no hubiera estado allí, no habría podido sacar la foto. Mirá, te voy a confesar una cosa. Cuando murió, mi duelo fue tan grande, que no he querido ir más a saludar a Susana. Lo intenté varias veces, le hablé por teléfono, ella me dijo que fuera, pero tengo miedo de ir y ponerme a llorar como un chiquilín. Yo lo quería mucho, mucho (se emociona).

Leer: 3º parte: Recuerdos de viejos fotógrafos de prensa III

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