1/6/08

El 21 de abril de 1974




LAS TRES PIBAS DE ABRIL






Semanas atrás, don Julio María Sanguinetti hizo en un reportaje una crítica de carácter militar a los tupamaros. "No dispararon -dijo- ningún tiro contra la tiranía".


Dejando por ahora de lado el hecho de que desde hace muchos años sabemos al presidente partidario de la violencia y enemigo del liberalismo, corresponde señalarle que los tupamaros dispararon unos cuantos tiros contra la dictadura iniciada por el partido de él en 1968. Extraña que se haya olvidado, siendo que don Julio María, ya desde muy joven -creemos que tenía 34 años- fue un solícito ministro de Cultura de esa dictadura. Dictadura neta, clara y desembozada apoyada por la 15, según opinión de los blancos, colorados, frenteamplistas e independientes de todos los oficios y profesiones - en especial juristas- de aquel entonces, y que omitimos citar dado que todo Uruguay las conoce muy bien.

Pero, si a lo que intenta referirse es al período, también inaugurado por su partido, posterior a junio de 1973, conviene para empezar bien, precisar lo siguiente. Don Julio María se olvida de contar los balazos que se dispararon a favor de la dictadura, lo cual habría que hacer para dar a cada cual lo suyo. Y no cabe duda que precisamente el suyo fue el partido político que más balazos tiró a favor; y no solo balazos, también mentiras, y -también y mucho- apoyo político. ¿O se olvida de la cantidad de militantes de la dictadura que hoy siguen siendo, sin sanciones de ningún tipo -ni siquiera partidarias- militantes colorados?


Pero volvamos al tema de los balazos. Este mes de abril es apropiado para ello. Los contaremos de un lado y de otro. En la madrugada del 21 de abril de 1974 cayó sobre un apartamentito de Mariano Soler 3098 bis, una horda de tipos extrañamente vestidos con camperas negras y pantalones grises, apoyados por la friolera de más de catorce camiones militares, de los cuales centenares de efectivos del Grupo de Artillería Nº 1 y otras unidades, armados hasta los dientes con fusiles, ametralladoras, bazookas e Itakas bajaron para copar militarmente la manzana y la zona. Objetivo: matar -no venían a capturar, venían a matar- a Wáshington Barrios, militante del MLN de 22 años de edad.


Ante los gritos histéricos que clamaban en el corredor "los vamos a matar a todos hijos de puta", el padre de Wáshington, hombre entrado en años y que vivía en un apartamento situado enfrente al de su hijo, pudo salvar su vida porque al abrir la puerta una voz gritó a quienes iban a fusilarle: "A ese no lo maten que es el padre".


Al darse cuenta de que se habían equivocado de apartamento, comenzaron contra el verdadero -dos piecitas, un patio abierto, techos de zinc, débil cielorraso- el operativo por el cual venían. Miles -sí don Julio María miles- de balas de todo tipo y calibre asolaron aquella madrugada ese humilde apartamentito.


En medio de los balazos, se oyeron gritos desgarradores salidos de los cuerpos cosidos a balazos en medio del sueño. Una masacre. Luego, silencio total. No podía quedar nadie vivo ahí. Sin embargo, cuando un oficial entraba lentamente, sonaron tres -tres don Julio María- balazos y el oficial cae dentro de la destrozada y ensangrentada habitación junto a dos cuerpos que yacían en el piso.


Alguien estaba vivo aun... Tal vez Wáshington Barrios, el tan buscado. Imposible matarlo ahora, tirar con un oficial adentro, así fue que el entonces teniente coronel Juan Rebollo, jefe de aquella matanza, metió ambos brazos por la puerta para sacarlo, y nuevamente se oyó otro -van cuatro don Julio María, cuatro- balazo que lo hirió en un brazo, uno de aquellos con los que sacó de la pieza a su camarada.


Primer epílogo de la noche: nuevo concierto infernal de plomo y acero, y más largo que el anterior; una ráfaga -tal vez final- desde la pequeña y alta banderola que daba a una azotea vecina disparada con el ángulo de tiro justo para llegar al rincón donde estaba el fantasmal guerrillero sobreviviente. Silencio total otra vez. Haces de luz de los poderosos reflectores iluminan la escena a través de la llovizna de esa noche montevideana.


Entran. No está Washington Barrios. No hay ningún hombre -¿o sí?, depende cómo se mire allí están todos-, sólo tres pibas deshechas: Diana Maidanik, 23 años, estudiante, 1m 55cms. de estatura, ojos castaños, de Malvín; Laura Raggio, 20 años, estudiante, 1m 60cms., de Malvín; Silvia Reyes, 19 años, del Buceo, un tiro en la frente, una sonrisa en los labios y un niño de tres meses en el vientre -el hijo de Washington Barrios-. Sangre por todos lados. Paredes derruídas, muebles destartalados por las balas, una hoja de la puerta semicaída hacia adentro apoyada en una vieja heladera transformada en colador, mechones de pelo lacio y sangre adheridos al techo, y, casi imperceptible entre tantos... un balazo incrustado junto al marco de la banderola que sólo pudo ser disparado desde adentro -el quinto, cinco don Julio María- cuando ya los plomos no se aguantaban más en el cuerpo.



Es imposible que una piba aguante tantos como los que estas tres tenían en sus vientres y en sus pechos y en sus piernas y en sus brazos y en sus rostros... Y si a mí no me cree don Julio María, pregúntele al padre de Silvia -él es batllista y usted lo conoce bien-, pregúntele, él la vio.


Por eso, debe ser por eso, que no pudieron colmar las aspiraciones suyas don Julio María. Discúlpelas. No pudieron -créame- disparar más que cinco veces. Esos cinco impactos contra la dictadura, y esos tres cuerpos deshechos por ella le harán recordar todos los posteriores a esa fecha; tiros y cuerpos de todo el pueblo uruguayo. Los tengo sobre la mesa: larga lista por orden alfabético y por año, que incluye a batllistas como Zelmar y a blancos como el Toba, pero en la cual, y lamentablemente, no hay uno -ni uno don Julio María- de su partido. Sí en cambio, está escrito que el año pasado usted hizo general al teniente coronel que comandó un operativo en una madrugada que lloviznaba en Montevideo cuando cinco tiros fueron disparados contra la dictadura...


Noche del 21 de abril que tuvo otro trágico epílogo. Wáshington Barrios no estaba entre los cadáveres. Se ordenó a los vecinos entrar en sus casas, cerrar las ventanas, guardar absoluto silencio. Se montó una feroz ratonera esperando al guerrillero fantasmal que se sabían andaba en una moto "Bambi". De pronto -todos los vecinos lo oyeron- las radios operativas de los vehículos y de los intercomunicadores militares comenzaron a anunciarlo: "Se acerca la moto por las calles Iniciador y Carabelas". Nuevo tiroteo. Un hombre inerme de más de 50 años, montado en una moto Velo Solex, cae acribillado contra el paragolpes de un taxímetro allí estacionado. Cuando finalmente van en busca de Wáshington muerto, descubren que han asesinado al agente de primera de la Policía Dorval Martínez, quien de civil, regresaba a su casa del trabajo.


No podía ser Wáshington Barrios. Wáshington Barrios estaba en Buenos Aires. Desde allí se enteró de la muerte de su compañera. Escribió entonces una carta, su última. En ella decía, nos está diciendo: "Silvia era parte de mí como yo de ella. Nosotros hablábamos de todo lo que podría ocurrir en cualquier momento, pero por desgracia pasó una de las cosas peores, y lo peor es en lo personal, haber perdido a mi compañera y a una gran revolucionaria. Con la Flaca decíamos que si llegaba a pasar algo así, cualquiera de los dos que quedara tenía que luchar y ocupar el puesto de los dos, y eso es lo que voy a hacer y lo más probable es que muera peleando como ella murió. Lo que tenemos que tomar todos es el ejemplo que Silvia nos dio día a día, hora a hora, minuto a minuto. Me mataron a la Flaca y al gurí que estaba en camino..."


Capturado por la Policía Federal argentina el 18 de setiembre de 1974, y pasado a juez quien decreta su libertad, Wáshington Barrios desaparece -según consta en el expediente judicial- el 20 de febrero de 1975 después de haber sido introducido en un vehículo policial. Será el primer uruguayo desaparecido en ese país. Primero de una larga lista.


En su carta, Wáshington pedía que en la tumba de Silvia y en la suya propia si le tocaba caer, se pusieran estos versos: "Ya nadie habrá que pueda / parar su corazón unido y repartido / No digan que se ha ido / su sangre numerosa junto a la patria queda".


Eleuterio Fernández Huidobro

Publicado en Mate Amargo, 2ª.Epoca, Año 1, Nº17, 1º de abril de 1987, página 11

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