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15/2/09

Los carnavales (Antanño y Oganño)

Echarame yo a ahora a hacer un estudio histórico desde los comienzos del carnaval, y tuviera , de seguro, para indigestar a mis lectores con un par de columnas de citas, fechas, lupercales y saturnales y mil otras antiguallas que hablarían mucho en favor de mi erudición, para los que no saben que estas cosas se encuentran en cualquier librajo de esos en que muchos cosechan los partes y novedades con que se dan ínfulas de ser sabedores de cosas de otros siglos, sin darse cuenta, las mas de las veces, de lo que acontece en el que viven, como que va mucho de copiar lo que otros dijeron a hacer por sí las observaciones y comentarios a que se presta lo que nos rodea.
No crea, pues, el lector, que voy a remontarme hasta los orígenes de la fiesta que hoy comienza, pues solo echaré un vistazo a quince años atrás, la mitad de los que tengo con un item que no hay para que detallar, pues sabido es que, tanto hombres como mujeres, no salimos de los treinta hasta que los cuarenta nos suenan, y de acá a allá, todavía va larga para mi. Así pudiera estirarlo ... !.
Decía, pues, y digo, que ahora quince años, y menos aún, se jugaba al carnaval a huevazo limpio, cosa de todo sabida, pero como el tiempo pasa, y con el se van los recuerdos, no estará de mas hacer memoria de aquellos tipos especiales de nuestro carnaval, y digo nuestro, porque no he oido jamás hablar de que, fuera del Río de la Plata, se jugase a carnaval como entre nosotros, de aquella manera criolla, que degeneraba, las mas de las veces, en sopapos.
Convengo con los que dicen que aquello era bárbaro, pero quiero , también, que convengan conmigo en que era muy divertido; era mas espontáneo, mas popular, y, sobre todo, mas barato.
Los edictos policiales solo prohibían el uso de huevos de avestruz, y otras armas por el estilo, capaces de dar en tierra con los transeuntes, y el comienzo del juego se anunciaba con un cañonazo, disparado desde la que fue fortaleza de San José, y no hay para que pintar la ansiedad con que los jugadores esperaban, reloj en mano, el estampido guerrero para emprenderla con el primer incauto que pasase.
Todo era sonar el cañonazo y echarse a la calle centenares de muchachos, con canastas los unos, y con cajones los otros, colgados con un cordel de los hombros, anunciando a grito pelado.
A los buenos guevitos de olor pa' las niñas que tienen calor!
A lo que otros contestaban:
A los buenos guevitos de triquitraque pa' las niñas que usan miriñaque!
Llevaban los muchachos su frágil mercancía muy arreglada en hileras rojas, verdes, azules y amarillas, según el color dado a la cera con que se tapaban las cáscaras después de llenarlas de agua nominalmente perfumada, a razón de un frasco de "eau de cologne", de aquellos larguiruchos, por cada balde de agua, y retobadas con trapos de todos colores, cortados en redondo, y sumergidos dentro de la cera hirviendo para pegotearlos en el huevo relleno, que quedaba convertido en temible proyectil.
Estos chicuelos surtían a los jugadores accidentales, paseantes que se entusiasmaban al recibir un balde de agua, y devolvían la fineza con una docena de balazos, que no de huevazos, según era la fuerza con que arrojaban las cáscaras, muchas de las cuales, mal rellenas, se estrellaban en el aire, disolviéndose la carga de agua en menudísima lluvia, tal era el impulso que llevaban.
Pero el jugador típico era el orillero de sombrero gacho, poncho, pañuelo de golilla, y en la mano otro atado por las cuatro puntas, dentro del cual llevaba su provisión de hasta dos docenas de huevos, bastantes para divertirse los tres días. A buen seguro que mi hombre lanzase un huevo a la ventura. Apuntaba como quien va a tirar al blanco, reboleaba el brazo dos o tres veces, y si consideraba dudoso el golpe, volvía a guardar el huevo, para no malgastarlo.
Y así se recorría toda la ciudad, soportando los baldes de agua que de las azoteas y balcones le llovían, o recibiendo en plena cara uno de esos jarazos traicioneros que salían de atrás de una puerta entornada, disparados generalmente por una fornida gallega o por alguna morena de esas que tienen cada brazo como un tronco.
Al caer la tarde, se veía venir en una u otra dirección una gran comitiva, precedida y seguida de una turba de muchachos. Eran los jugadores de alto tono, la juventud dorada de Montevideo, que salía a jugar por lo fino, con cáscaras de cera y cartuchos de confites. Era de verlos tan ufanos y alegres con sus garibaldinas azules o rojas, pantalón blanco, bota de charol a la granadera, lujosa faja de seda, y en la cabeza una boina graciosamente achatada hacia un lado. Allí era el salir apresuradamente a los balcones las señoritas, armadas de sus jarros, echando agua con una mano sobre aquellos peripuestos donceles, y defendiéndose con la otra de los proyectiles que ellos le arrojaban con toda mesura, a barajar, para no lastimarlas.
- Acérquese, pues, no se acobarde - decía una dirigiendose a alguno de los campeones.
- Me acercaré si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza - contestaba el amartelado galán.
- Allá va, venga a recogerla.
Caía la flor bajo los balcones, apresurábase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibía en el rostro un torrente de agua que le cegaba y ahogaba, desgracia que el trataba de disimular diciendo con toda galantería:
- Como ha de ser! no hay rosa sin espinas ...
Y así seguía el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que les dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumándolas con exquisitas esencias, no sin que de vez en cuando se oyese gritar:
- Puf! Está podrido.
Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas cartuchos de confites, y ahí era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a los desperdicios, lanzándose en masa sobre la vereda cuando algun cartucho no llegaba a su destino, empujándose, pateándose, por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacían toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovían, retribuyendo ellos todavía el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a sutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviéndose a correr el albur de que al arrojarlas cayesen entre la turba multa de harrapiezos que andaban a caza de gangas.
Venían, por fin, los saludos, que por lo general iban rociados de algun jarrazo especial, combinado con la mucama, estratégicamente colocada para no errar el golpe, y tras de esta húmeda despedida, retirábanse los jugadores, mojados hasta la médula de los huesos, las camisetas lacias, destiñendo el azul o el rojo de la tela sobre los pantalones, pero muy orondos con sus coronas, terciadas al hombro, cifrando cada cual su orgullo en el mayor número de las conquistadas en la acción que acababan de librar. Pobres coronas! al finalizar la jornada, solo quedaba de ellas algun jirón de tarlatana marchita, y como triste realidad, el arco de barrica en torno del cual la delicada mano de fulanita abullonara crespones y tules para obsequiar a su campeón.
Muchas veces, cuando las heroinas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veían de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrépidos que iban a librarles batalla dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincón, y protestas de los dueños de casa; tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala, prudentemente desamueblada desde el día anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningún adorno, en fin, mas que la gran tina de baño colmada de agua, el baño de asiento, la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir de depósito para tener mucha agua a mano.
Repuestas las niñas del susto, emprendían el ataque provistas de sus jarros pues buen cuidado tenían de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendíanse los hombres como podían, con las manos, con el sombrero, con lo que les caía al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de esas que se calientan en la refriega y ya no miran para atrás, arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio cuando ya no tienen con que mojar. Escurríanse los asaltantes como podían, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacia de reserva a las patronas, pero frecuentemente sucedía que el menos listo o el mas aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un círculo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonce pagaba él la calaverada, por él y por sus compañeros. Esta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquella le aplasta encasquetándole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironeándole la de mas allá de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras, cargan las cuatro con él, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarían, si la oportuna intervención del dueño de casa no pusiese fin a la gresca. ! Como salía de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginará ... !
Había también los jugadores hípicos, grandes jinetes que se lucían cerrándole piernas al caballo para pasar por entre dos cantones en medio de una granizada de huevazos y una lluvia de bombas, costalando el caballo sobre las piedras azorado con la bulla, con los proyectiles que lo herían, con lo resbaladizo del suelo y con la constante amenaza de los lados y del frente y de atrás, sin atinar por donde huir para librarse de aquel infierno.
La calle, sembrada de retazos de papel y de cáscaras de huevo, denunciaba a los jugadores que, ocultos tras los pretiles de las azoteas, acechaban a los incautos. De repente aparecía un transeunte, y mirando con cara de pillo, se aventuraba por la cuadra peligrosa, en la seguridad de burlar a los que le esperaban. Si las bombas y cáscaras estaban sobre una acera, tomaba el por la de enfrente, calculando entre si que los jugadores estarían encima de él, y contra ellos se defendía pegándose todo lo posible a la pared para resguardarse con las cornisas y balcones.
Inocente!. Cuando mas contento iba, felicitándose de su travesura y sonriéndose del chasco que había dado, zas! de atrás de una puerta que él ni sospechaba, le disparan un balde de agua que le ensopa de los pies a la cabeza. Aturdido por la sorpresa y temeroso de una nueva arremetida, saltaba al medio de la calle, y entonces le aprovechaban los de arriba, apedreándole a huevazos, haciéndole tambalear a baldes de agua y muchas veces, dando con él en tierra de un bombazo certeramente acomodado en la cabeza. Entonces se armaba una de silbidos, de gritos, de toques de corneta y de matraca que atraían a todos los curiosos, prudentemente aglomerados en la esquina, y cuando mas encantados estaban estos gozando con las desgracias del caido, cataplúm!, llovía sobre ellos toda una tina de agua que les dispersaba echando pestes y maldiciones contra el travieso que tan donosamente les había burlado.
Oh! Los buenos tiempos! Y se fueron para no volver. Ahora todo es mezquino y raquítico. Se juega con pomitos, ridículo remedo de aquellas monumentales jeringas cuyo grueso chorro alcanzaba hasta los miradores y los mismo que los jugadores, se van las máscaras, aquellos "mascaraos" típicos que ha pintado de mano maestra Dermidio De María, describiendo a los marqueses y las pastoras sudados ellos dentro de sus casacones de terciopelo, y despeadas ellas con los zapatos estrenados ese día, y domados en una continua caminata desde las doce hasta la puesta del sol, para seguir después el burreo en los trasijados bailes de rompe y raja, en que van las parejas ceñidas como los hermanos siameses, haciendo de dos cuerpos un solo bloque que se menea como un - Ay de mi! y suda mares desde la punta del pelo hasta ... ! - no descendamos, por higiene siquiera, hasta esos extremos que no hay para que nombrar! ...
Dónde se han ido los condes de la carreta de alambre con la boca de resorte para fumar una tagarnina? ?Donde, los indios de camiseta de punto, adornada la cintura y la cabeza con desperdicios de plumeros?
Qué se han hecho los turcos de cabeza atada con pañuelos de algodón, luciendo sobre la ropilla la licencia policial, y holgadamente calzados con amplias alpargatas?
"Los infantes de Aragón? Qué se hicieron? Dónde están?"
Ya no se ven aquellas comparsas heterogéneas, formadas por acumulación en torno de un acordeón y una pandereta, sin conocerse los unos a los otros, vinculados momentaneamente por el deseo de marchar al compás de una música cualquiera, y disolviéndose de la misma manera que se agruparon, sin darse siquiera las buenas tardes, elementos congéneres en el modo de ser, que se agrupan como lo hacen los pájaros, en bandadas, aunque sean de diversa procedencia y plumaje, solo porque son pájaros, como solo por ser turcos todos ellos se empandillaban aquellos "mascaraos" de los buenos tiempos.

Febrero 4 de 1883 De "Crónicas Montevideanas de un siglo atras" de Sansón Carrasco.

8/12/08

Los primeros casamientos montevideanos

No pasaron cinco meses de fundado Montevideo, cuando se efectúa aquí el primer casamiento de que se tiene noticia.

En el día 12 de Noviembre de 1726 había llegado a nuestro puerto el velero "Nuestra Señora de La Encina", con sus ciento y pocos pobladores canarios que venían a establecerse en la nueva ciudad, y ya en enero del año siguiente, después de un noviazgo, por lo que se ve, fulminante para la época se presentan a casarse los primeros contrayentes, Luis de Sosa Mascareño de 26 años y Leonor de Morales, de 19.

El primero es chileno, natural de la ciudad de Concepción, soldado que formaba parte de la Companñía de Caballeros apostada en Montevideo bajo el mando del capitán Frutos de Palafox Carmona, y la novia una joven que acababa de arribar de las Islas Canarias con el nucleo de primeros pobladores.

No se poseen elementos fundados para explicar la velocidad supersónica de este noviazgo.
Parece inevitable pensar en el incentivo material que suponía por entonces adquirir título de poblador estable de la nueva ciudad, con familia legalmente constituida.
Ello aparejaba toda una serie de beneficios nada desdeñables, que en mas de un caso sirvieron para cimentar la fortuna de varios de los primeros hogares montevideanos, como ya quedo dicho.

No es que deba desestimarse la urgencia sentimental para explicar la prontitud con que se formalizó este primer casamiento, pero parece significativo que él no haya sido el único, sino el primero de una serie de uniones, todas igualmente presurosas, que se efectuaron casi en serie entre enero y febrero del 27.

Así Domingo Gonzalez de Ortega, oriundo de Buenos Aires, de 28 años, se casó con otra canaria, también de 28, Isabel Francisca Gonzalez.
Y Ramón Sotelo, ex-soldado de la Compañía de Voluntarios, de 27 años, se casó con María Gonzalez Barroso, de 24, también canaria.
Al que se suma otro casamiento en el mismo mes de febrero, de un soldado bonaerense con una canaria recién llegada: Francisco Gonzalez Prieto, de 40 años, nacido en Extremadura, España, con Catalina Perez, de 28.
Y esta nómina de apresurados, tampoco se cierra en ese febrero: aquel primer Montevideo, seguirá generando otros cuantos matrimonios veloces.

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

7/12/08

Fonda Pontevedra (Montevideo 1930)

La fonda Pontevedra de Perez Castellanos y Cerrito debe haber sido sin discusión, la mas barata de Montevideo y la mas original en cuanto a la riqueza linguística. Pontevedra no cerró nunca sus puertas, nada mas que los 1o. de Mayo y un ratito las dos tardes de Navidad y Año Nuevo. Un almuerzo o una cena por 20 centésimos, ni en los "Intereses Creados" de Benavente ...

Hacía tres clases de puchero: a la criolla, a la española y de cerdo. Cualquiera de estos tres pucheros - ahora suculentos platos -, costaban con dos pedazos grandes de pan y medio litro de vino (con yapa) 30 centésimos. Pero la especialidad de la casa eran las "Almóndigas al gujo" como decían los peninsulares que la dirigían. Los demas platos valían un medio. Y cuando uno pedía tallarines los mozos gritaban:
"Tillirines al gujo pra uno" o "pra dos" ... Los lectores deben saber que antes en ningun restoran o fonda se cobraba el caldo, que invariablemente se servía en tazas. Si se pedía una yema en el caldo, se cobraba dos vintenes, porque la docena de huevos, oh, inmortales tiempos, valían siempre a lo largo del año 15 centésimos. Al cliente que repetía el pan tampoco se lo cobraba. Lo que en buen romance significaba, que hasta tres platos con mas de medio litro de tinto y el pan, no pasaba todo el pantagruelico festín, de dos "reales y medio", como diría academicamente, doña Petrona, el fino comentarista de la lista 4.

Cuando uno pedía queso y dulce (8 guitas) el mozo gritaba: "martini fierra", pra uno. Una vez por semana hacían pollo a la portuguesa y gallina para el puchero a la española, pero como toda la semana habíóa caldo de gallina, uno piensa hoy día a treinta años, que debian de embotellar el caldo para que durara tanto tiempo - siempre pensando bien de la humanidad -, porque no había heladeras eléctricas, ya que las unicas enfriadoras, eran los aljibes de las casas.

En Montevideo, así como se vendían gallinas y pollos por las calles, - hasta no hace mucho tiempo -, se vendían pajaritos que invariablemente se hacían con polenta en las cantinas. La fonda Pontevedra, incorporó ese plato a su menú de especialidades y manjares, con el agregado de que, el que lograra comerse tres platos de polenta con pajaritos, no se le cobraba la comida. Con este reclame, le sacaron a la cantina de la Plaza Zabala, muchos clientes, pero no hay mentas de que lo haya logrado alguno, porque cuando llegaban al tercer plato, no aguantaban mas, y tenían que pagar los dos que habían comido.

Entonces los mozos gritaban: "marche un pagarito" o "pagaritos" pra dos o pra tres ... Ahí sentí cantar a Juan Pedro Lopez, el gran payador oriental, que andaba con la guitarra obsequiada del comandante Franco, el celebre aviador español del Plus Ultra. Los dueños de la fonda decían siempre en sus innovaciones linguísticas "que jitarra barbara esta", y tocaban la madera del instrumento como quien toca el mondongo o cuadril, tasándolo antes de cortarlo ...

Recuerdo que a veces nos llamaban los gallegos y nos regalaban trozos de budín de pan por hacerles algunos mandados. Y que sabroso era aquel exquisito budín hecho con el sobrante de pan de las mesas. Ahora debe ser imposible encontrar en la mesa de un restoran, un pedazo de pan, por lo que uno deduce y agrega a los elogios del pasado, el gusto sabroso del budín de pan de antaño. Habían dos enormes gatos de angola (sic) en la Pontevedra, alimentados a lo fino, porque ademas de la comida de los clientes, le daban matambre arrollado, que ahora lo venden a 16 pesos el kilo o algo así, como un viaje a Rivera ida y vuelta en coche comedor-dormitorio, o en la primera clase del ciudad, o un traje de aquel tiempo, o un borsalino ...

Pero lo pintoresco del Pontevedra, a una cuadra de la Lotería, era también su gran letrero colocado sobre la vereda de Cerrito: "Aquí Pontevedra, pensión completa de dos comidas y desayuno, sin dormir, doce pesos por mes" ...

Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.

6/12/08

La Fonda Marcelino (Montevideo 1930)

Las fondas en el Montevideo actual van desapareciendo. Se podría decir que hoy por hoy estan casi extinguidas. Formaron un collar pintoresquista en El Puerto, se bifurcaron por La Aguada, tiraron para el lado del Reducto y las cercanías de la Estación Agraciada, tomaron auge en el Paso Molino, (uno de los barrios mas auténticos y netamente "montevideanos" de nuestra ciudad), en la cuadra de Agraciada y Carlos María Ramirez, y saltearon La Unión con los nombres mas diversos. Pero siempre "la flor" signó su primer nombre como un fetiche de "morriña" y "saudade". Casi todos eran: "La Flor de Pontevedra", "La Flor de Vigo", "La Flor de Orense", "La Flor de Coruña". Y también proliferaron las otras "flores": Cataluña, Andalucía, Palma de Mallorca. También hubieron las itálicas: "La Genovesa", "La Firenze", "La Pasta Frola".
Pero en general puntearon de bastoneras las flores galaicas.

Claro que la fonda fue siempre una institución adocenada. Sin imaginación ni inventiva alguna. Algo así como la mujer burguesa, íipicamente aburrida y repetitiva, que no tiene ni noción de que lo es, con "berretines" de tener "mundo" y que cree ser innovativa e interesante: un día por semana "de recibo", otro para la modista, otro para el rummy canasta ...

Las fondas, por mas "flores" que fueran, siempre el mismo ritornelo:
jueves, domingos y fiesta patria, "rabioles con niños envueltos" o "tallarines con estofado mechado". El resto de la semana: sopa, albóndigas, guiso y puchero. "Una de cuando en vez, como dijera Perogrullo, pescado a la bilbaina o arroz con menudos, porque el pollo o la gallina se la comían los dueños de la pomada". Pero las fondas tenían algo de bueno que ahora no se ve: la taza de caldo no se cobraba.
Porque si las fondas de antes revivieran, las iba a jopear de entrada el Fondo Monetario Internacional, que trataría de embotellar el caldo y llevarlo a las "Uropas", para servirlo como un consome de lujo en los mejores hoteles, para deleite de botudos y galerudos.

Pero La Fonda de Marcelino en La Unión, frente a la Plaza de Deportes, fue una de las mas pintorescas de Montevideo en los últimos treinta años. Era una especie de fonda-posada-hostería-motel, que contribuyó gran forma a la proliferación de las mas diversas especies de moscas y mosquitos que azotaron a la histórica villa. Era una de esas casonas coloniales que sirvieron de asiento a pudientes señores de la época. Un salón grande, varias piezas y un sinnúmero de altillos-miradores, especies de pesebres aéreos. Una vasta cochera, y un pedazo grande de terreno "tierra adentro como quien va para el norte", formaban el perímetro de una fonda que daba de comer, posada para dormir, lugar de descanso y bebedero de caballos y un billar de casín para terapéutica sedante de las grandes digestiones.

En todos los lugares donde se come, el silencio reina por doquier, solo interrumpido este por bajos coloquios y el metálico choque de los cubiertos. Los mozos se acercan a la cocina y allí piden discretamente los platos solicitados. Pero en las fondas nuestras, entre el olor a pescado frito, los gritos destemplados de los mozos, las discusiones sobre el pacto de Tacna y Arica, los partidarios de Lorenzo Fernandez y de Samitier y de Zamora, aquello era como un mercado árabe, un toma y daca, un revoltijo de saldos gastronómico-politicos de verborragia acústica.

Pero en La Fonda de Marcelino, el almuerzo o la cena tomaban caracteres goyescos, una astracanada de Muñoz Seca, un sainete de Vacarezza en la planchada de un barco que va a partir, y todo el mundo se le olvida a último momento lo que tiene que decir y dicen gritando lo que tendrían que callar. Por ejemplo, los sábados de noche y también los jueves y los días de fiesta, la fonda de Marcelino tenía cantores o ventrílocuos, entonces se daba el caso que mientras el cantor alzaba la voz en aquello:
- "Ella tenía sus trenzas con reflejo de luna ... ". - el mozo gritaba:
- "Sopa caldosa pra uno, dush fritush, dush jisos con bastante pirijil y ago ... ".
El cantor volvía con renovados bríos:
- "Ella se mató una noche ... en que el lucero brillaba ... ay, de su pena tan honda, que pena la suya", en ese momento el mozo gritaba:
- " Marche una cushtilla vuelta y vuelta pra uno, fuente de ensalada pra tres, dush albondigas con bastante gujo ... ".

Mientras entraban los carros que venian de Pando y el lenguetazo de los caballos se escuchaba en el bebedero, las moscas revoloteaban campeando por sus fueros, Marcelino aparecía por atras del mostrador, tomándole el pulso a los platos, como un domador de aquel circo fondero, especie de capitán de fondas, "la flor de ... ".

Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.

5/12/08

La esclavitud en el Uruguay

El tráfico negrero en las colonias de España
Este comercio funcionó bajo sistemas diferentes según las épocas. El régimen de "licencias" aplicado entre los años 1493 y 1595, consistía, en un permiso otorgado por el rey, obligándose el traficante al pago de un derecho por cada negro que introdujera en sus dominios.
El segundo sistema que rigió entre los años 1595 y 1789, se estableció para restringir las licencias por el temor de un predominio de negros sobre blancos. El permiso se concedía a particulares o compañías llamados “Asentistas” con quienes la Corona de España celebraba un contrato llamado ASIENTO. El tercer régimen, aplicado después de 1789, se llamó de “libre tráfico” para evitar el monopolio que estaba en manos de negreros franceses.

Después del tratado de Ultrech, ese derecho pasó a los ingleses.

De cualquier manera que fuera el negocio de esclavos, redituaba amplias ganancias estimulando, cada vez más, la llegada de negros al continente americano.
Se atribuye a Fray Bartolomé de las Casas haber influenciado ante las Cortes españolas para que se implantara este sistema denigrante en favor de los indios, cruelmente explotados por los encomenderos españoles. Con el propósito se decía, de aumentar el número de brazos que se dedicarían a la agricultura, al trabajo de minas, y faena de ganado...... “ Lo que se impulsaba en defensa del indio se creaba contra otra raza, también indefensa, sojuzgada como lo era la indígena por aquellos que, según la declaratoria de Viena, contrariaban los principios humanos y morales.


EL TRAFICO DE ESCLAVOS EN MONTEVIDEO
El Uruguay no pudo sustraerse a este negocio infame. La trata de negros en la Banda Oriental, igual que en sus hermanas latino americanas, constituyó un excelente negocio para los negreros y, en cierto aspecto, para las arcas del Cabildo. En particular para Montevideo, porque su puerto favorecía el tránsito de buques de ultramar. En la segunda mitad del siglo XVIII, entre los años 1750 y 1810, entraron a puerto, traídos por buques de diferentes nacionalidades unos veinte mil esclavos que aportaron, por concepto de tributos, unos trescientos mil pesos fuertes. Un negro valía unos doscientos pesos de esa moneda. En cambio, unos pocos de ellos quedaban en Montevideo. Un censo practicado en 1778 indicó un total de 1368 esclavos, suma equivalente al 20% de la población montevideana de entonces. Con el crecimiento y desarrollo de Montevideo, el número de esclavos aumentó considerablemente llegando, en 1790, a 5.000 aproximadamente, más de la población total.
Las condiciones sanitarias en que llegaban los pobres infelices hacinados en las bodegas, mal alimentados y sin condiciones higiénicas de ninguna clase, causaron mortandad y afecciones graves que alertaron a las autoridades responsables de la salud pública. En cierta oportunidad, el Cabildo de Montevideo, teniendo en cuenta que el depósito de los negros se hacía dentro del pueblo, procedimiento que estimó “opuesto a la piadosa mente del soberano que no vigila en otra cosa que proporcionar a sus vasallos por cuantos medios le dicta su tierno amor, la mayor sanidad y preservarlos de todo contagio” .......... dispuso una serie de medidas profilácticas con respecto a la introducción de negros que “viene cubiertos de sarna y llenos de otros males capaces de infectar la parroquia”, por lo cual “corresponde prevenir el daño general que pueda esparcirse en la ciudad........ “.
Las disposiciones de orden higiénico comprendían la creación de una Junta de Sanidad, la obligación de visitar los buques que hacían tráfico de negros y la permanencia en puerto por un plazo de cuarenta días.
Un episodio que merece destacarse ocurrió en 1787 cuando llegó a Montevideo un barco cargado con estos infelices. El Cabildo de Montevideo, cuenta Isidoro de María, dispuso que se alojaran fuera de la ciudad, disponiendo que, con tal fin, se levantara un barracón con capacidad suficiente para albergarlos. La construcción se levantó próxima al arroyo Miguelete, en un lugar cercano al que ocupan hoy, las instalaciones de la Ancap, en la Rambla Sud América y calle República Francesa. Ocupaba, dice de María, una manzana aproximadamente, bajo muro, teniendo en el centro cinco piezas edificadas, dos grandes almacenes, cocina, techo de teja. Por mucho tiempo, continúa de María, sirvió para depósito de los pobres negros condenados a la esclavitud.
Vino luego el sitio chico y grande "de esta plaza, del año 11 al 14 y otro fue su destino, convirtiéndose en ruinas, quedándole el nombre vulgar de CASERIO DE LOS NEGROS”. Allí acudían los señores de entonces a comprar esclavos. Algunos como Lucas Obes negociaban al por mayor, para luego revenderlos.
Así fue el triste comienzo de la esclavitud en estas tierras donde, cincuenta años más tarde, campearía la gallarda figura "del único campeón de la democracia en el Río de la Plata, el bravo y caballeresco republicano General José Artigas”.


LA DOCTRINA ARTIGUISTA
Lo que sufrieron esos negros sojuzgados, maltratados y vejados inspiró un sentimiento humanitario al protector de los Pueblos Libres, que plasmó en las Instrucciones del año XIII. Entre ellas las de promover la libertad civil y religiosa y lograr como finalidad de gobierno: la Igualdad, la libertad y la seguridad de los ciudadanos. Pero el comercio había tenido su origen y desarrollo mucho antes que esa doctrina. La esclavitud en el Uruguay, como en las demás colonias, fue un mal fuertemente arraigado contra el cual era muy difícil luchar.


LA VIDA DE LOS ESCLAVOS EN EL URUGUAY
Dice Horacio Arredondo que la Sociedad en la época del Virreinato, fue esencialmente patriarcal. Se caracterizó, en lo que a esclavitud se refiere, por la forma humana como se trataba al servidor doméstico, contrastando con los terribles castigos que los portugueses del Brasil propinaban a sus esclavos, igualados a los animales, al extremo de que el látigo era cosa usual y corriente. Pero eso no era todo. El látigo cedía paso, casi siempre, a torturas de otra naturaleza como la marcación con hierro candente o el estaqueado, medios utilizados para intimidarlos.

Entre los criollos se consideraba la esclavitud un recurso económico. Como recurso político se la consideraba un instrumento útil para facilitar la colonización de los territorios conquistados llegándose a decir, en alguna oportunidad, que la colonización de América fue posible gracias a su ayuda.

Hemos dicho ya que el esclavo cumplía tareas domésticas. Servía a sus dueños con fidelidad llamándolos "amos", Y "amitos" a los hijos de sus dueños. Vivían, acota Arredondo, en un pie de igualdad con la clase asalariada generando, en las casas de larga familla, sentimientos de amistad y de familiaridad, difíciles dé encontrar entre los servidores domésticos de hoy.
Por lo general las esclavas domésticas eran muy pulcras en cuanto a higiene personal. “Las mulatas esclavas son hermosas, dice Robertson en su obra: La Argentina en los primeros años de la Revolución, “su vestido es blanco como la nieve, sencillo como sus costumbres y después de proveer a la decencia, es aireado y liviano, de acuerdo a las exigencias del clima. El busto se cubre simplemente con una camisa y los contornos sin ayuda de sostenes, se acusan estando sencillamente la camisa atada a la cintura con una cinta de vivos colores...... “

Los mulatos y negra usaban una especie de “poncho” consistente en una “pieza de tela rayada en bandas de diferentes colores abierta en el medio, para dejar libre la cabeza que cae sobre los brazos y cubre hasta los puños”.

A los esclavos negros y mulatos como también a los blancos de condición inferior les estaba reservada las tareas de panadero, pasteleros, bizcocheros, lavanderos, cocineros, o el acarreo de agua, pisar la mazamorra, trabajar la tierra y otros menesteres análogos.
Sus diversiones favoritas -como lo son hoy el fútbol y los deportes- eran las riñas de gallos, y las corridas de toros que alcanzaron su apogeo en los años anteriores a la Guerra Grande. Las corridas de toros subsistieron aun después de abolida la esclavitud. Fueron prohibidas definitivamente durante la primera presidencia del señor Batlle y Ordóñez. Las riñas de gallos se siguen practicando en clandestinaje.

Los esclavos menores, llamados “moleques”, debían acompañar a sus amas con el mate o con el farol durante las horas de Ia noche. La educación de los hijos de familia fue, poco a poco, dejada a cargo de las esclavas de mayor edad. Transcurrió así, en esa forma, la vida social en el período colonial.


COSTUMBRES DEL ESCLAVO MONTEVIDEANO
Es interesante recordar, aunque sea de paso, el uso que los esclavos hacían de sus horas libres, si es que las tenían por la comprensión o tolerancia de sus amos. Especialrnente las fiestas en honor de sus santos preferidos o los jolgorios a que se entregaban en fechas especiales como el día de Reyes.

Actuaban en forma organizada,.reuniéndose en “salas”, “sociedades” o "naciones” de acuerdo con el origen o tribu de la que procedían. Cada sala tenía un “Presidente", un "juez de fiestas” lo cual les permitía reunir algunos fondos para la celebración de sus conmemoraciones religiosas.

Los negros afincados en el Uruguay no crearon ritos independientes de las prácticas cristianas, ni siquiera intentaron imponer el culto de sus dioses.
Andando el tiempo, el esclavo aprendió a querer al Dios que adoraban los españoles y criollos, mezclando los himnos religiosos de las iglesias con el ritmo y las voces ancestrales del Africa lejana.

El recuerdo de sus aldeas, de su tierra y el dolor que sentían por la libertad perdida, sumados a los nuevos sentimientos religiosos que arraigaban en ellos, juntando temores y resentimientos, se tradujeron en cantos de lánguida nostalgia y en danzas frenéticas, con rasgos de lascivia, donde el tambor proyectaba, en las manifestaciones, el desborde y el ardor de su sangre moza.

La mística de sus tristes se refleja, todavía hoy, en sus canciones espirituales que tanto contribuyó a divulgar por el mundo la voz dulce y melódica de Maryam Anderson.
En este juego de ritos y creencias, el negro era dueño de su voluntad. Sus santos preferidos, San Benito y San Baltasar, por ser ellos mismos de raza negra, eran honrados a su manera. Son conocidas sus festividades y las expresiones del ceremonial que cumplían, a veces con la ayuda de sus amas, complacidas en destacar el rol que sus jóvenes siervas habrían de cumplir junto a sus “reales consortes" en esos reinados que apenas duraban un día, terminado el cual volvían al desempeñó de su trajinar rutinario.

Rendían culto a sus muertos con un ceremonial, característico de los “velorios negros” que supo captar la paleta de Pedro Figari. Tenían “un juez permanente de muertos” a cuyo cargo estaba el ritual. Cuando el difunto era miembro de la sociedad lo regaban, corno parte de la ceremonia, con su bebida preferida, entonando cánticos alusivos en presencia del “rey y de la reina” de la comunidad a la que pertenecía.

Las relaciones amorosas entre esclavos eran facilitadas a menudo por los dueños, porque de la unión entre siervos, no liberados, obtenían descendencia - vale decir - cosas que tenían valor para ellos como algo que acrecía su riqueza. En honor a la verde salvo casos excepcionales, el esclavo nacido en los casas patricias era estimado. Su venta era poco frecuente y resistida por las familias montevideanas de la época colonial.


ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD
Es largo el proceso que culminó con la abolición de la esclavitud en el Uruguay. No podemos hacer, dentro de los límites de este artículo, ni siquiera una breve síntesis de las gestiones que se cumplieron desde que Artigas dictó las célebres Instrucciones del año XIII, hasta 1851, en que fue conocida la paz que puso fin a la Guerra Grande –“SIN VENCIDOS NI VENCEDORES” Con el licenciamiento de los ejércitos rivales se afianzó definitivamente el concepto abolicionista que culminó exitosamente en 1853 y para siempre.

Los conceptos fundamentales que primaron en nuestros Constituyentes establecían: “Para evitar la monstruosa inconsecuencia que resultaría que en los mismos pueblos en que se proclama y sostienen los derechos del hombre co ntinuasen sujetos a la bárbara condición de siervos, los hijos de éstos se declara: SERAN LIBRES SIN EXCEPCION DE ORIGEN LOS QUE NACIERON EN LA PROVINCIA DESDE ESA FECHA EN ADELANTE QUDANDO PROHIBIDO EL TRAFICO DE ESCLAVOS DE PAIS EXTRANJERO”-. (Florida, 7 de setiembre de 1825.)

Esta cláusula corno se ve, no era general pues la limitaba a los nacidos en la provincia prohibiéndose el tráfico de esclavos provenientes de “país extranjero”.

Esta limitación quedó confirmada con una resolución dictada en febrero de 1830 por la cual se reglamentaba la venta de esclavos. Se establecía entre otras cosas que “ningún amo será obligado a vender sus esclavos sin justa causa”. Existiendo la causa, la venta no podía “verificarse en más precio que el que hubiese costado al actual poseedor”. En todos los casos, y aun para los exceptuados, su precio no podía superar de “trescientos pesos plata”.

En diciembre de 1842, siendo Presidente Rivera, se dispone: atento a que desde 1814 no debieron reputarse esclavos los nacidos en el territorio de la República ni que podían introducir esclavos desde julio de 1830, lo siguiente: art. 1) Desde la promulgación de la presente resolución no haya esclavos en todo el territorio de la República. art 2) El gobierno destinará los varones útiles que han sido esclavos”.

El 26 de octubre de 1846 se dicta en el Miguelete, por los hombres que respondían al general Oribe, una ley por la cual se establecía en su art. 1 ) lo siguiente: “Queda abolida para siempre la esclavitud en la República” . Y en el art. 2) se establece que, desde la promulgación de esa ley “entran al goce de su libertad todos aquellos esclavos que no hayan sido emancipados de derecho ..... etc.” Esta misma ley establecía que el valor de los esclavos “es deuda de la nación” correspondiendo a sus dueños “una justa compensación según ley”.

En la forma que hemos descrito, los dos gobiernos que se disputaban la administración del país, Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, dieron forma a las leyes abolicionistas que sólo tuvieron aplicación definitiva, como ya lo adelantáramos, al licenciarse los ejércitos beligerantes y se aboliera también en el Brasil en 1853, pocos años después de la proclama de Líncoln. Se cerró de esta manera uno de los capítulos más amargos de nuestra historia. Se eliminó para siempre el privilegio que una parte de la humanidad ejercía sobre el resto bajo el precepto de que unos pocos habían nacido para mandar y otros para obedecer. Resabio de la forma más regresiva del derecho de propiedad; LA PROPIEDAD DE LOS ESCLAVOS.


EL ROL DE LOS ESCLAVOS EN LA GESTA EMANCIPADORA
Cuando, ocurre la sublevación patriota que siguió al Grito de Asencio, todo el pueblo nativo se puso bajo las órdenes de los caudillos que surgían en cada lugar. Las primeras hueste patriotas agruparon bajo la bandera de resistencia y rebeldía contra el yugo español, tanto a blancos y gauchos, como a indios y mulatos. Entre ellos se contaron en gran número, los negros esclavos y libertos, decididos a luchar por la Patria.

Ejemplo viril de la raza sojuzgada que ve mantuvo aferrada a sus ansias de libertad y fiel a sus conductores. Virtudes que brillaron con máximo esplendor en esa expresión de rebeldía que se llamó el Éxodo del pueblo oriental.

El ansia de libertad que alentaban los patriotas negros, cuyas características salientes fueron la LEALTAD y la FIDELIDAD a sus jefes, justificó que Artigas recurriera a ellos para reforzar el ejército patriota con el célebre BATALLON DE LIBERTOS que sirvió en toda la Gesta de la Emancipación y hasta después de la Guerra Grande.

Esta decisión tuvo, como contra parte un primer paso hacia la abolición de la esclavitud. El gobierno de entonces dispuso que los patriotas que poseyeran esclavos los aportaran a la causa de la revolución, en proporción al número que tuvieran. La tarea fue llevada a la práctica por Barreiro, a la razón Gobernador de Montevideo. “Tenemos ya más de doscientos acuartelados en la Ciudadela, decía Barreiro en carta dirigida el 25 de agosto de 1816, al ciudadano Regidor don Joaquín Suárez, "de tres se han tomado uno; de cuatro, dos; de cinco, tres; de siete, cuatro ....... nunca dejándoles más de tres. A los que tenían dos no se les tomaba ninguno porque “los hortelanos no pueden estar sin menos.......”

Cuando llega la ocupación portuguesa Lecor, para atraerse los esclavos dispuso que “los que estuvieran armados, sin ocupación alguna, que se pasen al ejército portugués o a cualquiera de sus destacamentos, gozarán su libertad el mismo día.......”

Muy pocos acudieron al llamado. Si lo hicieron no fue por propia decisión sino más bien por defección de la oficialidad que los mandaba, como en el caso de su Coronel Rufino Bauzá que entró en tratos con el mando lusitano para retirarse a Buenos Aires.

En 1825, cuando la Cruzada Libertadora trajo el signo de LIBERTAD 0 MUERTE, los esclavos dan nuevas pruebas de adhesión a la Patria.

En carta que un grupo de ellos dirigió al General Lavalleja el 12 de diciembre de 1825, decían: “comprometidos nosotros todos los del color bajo a tomar armas para defender nuestra patria y derramar ambos la última gota de sangre para libertar nuestro país del portugués, con el mayor silencio y secreto se ponen los de color para defender el Pabellón de nuestra patria...........” y así suplicamos a V. E. sea servirnos mandarnos un guiador por el cual podremos ser dirigidos a la gran empresa....... “. La carta terminaba diciendo: “todos comprometidos bajo el juramento que han de derramar su última gota de sangre y hacer los mayores esfuerzos para libertar la patria y morir descuartizados”.

Estos documentos prueban que muchos esclavos se enrolaron voluntariamente. Dieron, junto a gauchos y a indios, fuerza y bizarría al ejército patriota. Como dice Belloni en su grupo escultórico EL ENTREVERO ubicado en 18 de Julio y Agraciada: “Lo que somos a ellos lo debemos. Lucharon y murieron para que la libertad no muriera nunca en el Uruguay”.

Muchas veces las autoridades premiaban su arrojo y sus méritos de guerra dándoles la libertad que ansiaban. Pero otras tantas la buena intención no llegaba a los hechos como no llegaron a ser realidad los principios de igualdad inspirados en razones de justicia histórica.

“Hemos peleado ayer para ser libres. Preciso es también que pensemos en ser felices, y que de esa felicidad sean partícipes todos los hombres, de todas las clases y de todas las condiciones”.
Clamor que cayó casi siempre en el vacío por la indiferencia que mantenían los encargados de imponer la ley y la Constitución, ante la defensa que la prensa de Montevideo hacía a favor de los esclavos Integrantes del Batallón de Libertos. Muchos de ellos, con sus honrosas cicatrices de guerra, salían de los cuarteles para caer de nuevo bajo las garras de sus dueños, no obstante las promesas y los compromisos del Estado para intervenir en su rescate.


ANSINA, SIMBOLO DE LEALTAD Y FIDELIDAD
De todos los ejemplos que se mencionan para resaltar la fidelidad del esclavo hacia su amo, ninguno es tan patético ni merece tanto reconocimiento como el demostrado por el negro Ansina hacia el Jefe de los Orientales.

Porque Ansina simboIiza la lealtad por encima de todo. Cuando todo se había perdido. Cuando la gloria, el triunfo, el éxito de la gesto apasionada cedía ante la traición para dar paso al infortunio que significaba renunciar a la patria y obtener, en cambio miseria y olvido, él; fiel servidor no vacila en correr su misma suerte. Ansina sabía que todo lo que aún quedaba en poder del caudillo, en gesto de reconocimiento, sería enviado a sus amigos prisioneros en la Isla das cobras como nuevo incentivo para mantener viva la llama de lucha y coraje. Sentimientos necesarios para que otros, con más suerte, lograran la libertad que tanto deseó para su pueblo.

Abandonado de todos, triste y fugitivo, Artigas elige como compañeros a unos pocos soldados entre los que Ansina había de ser el único acompañante, el único que tendría el privilegio de compartir su soledad y sus recuerdos de gloria.

A la gloria llegó también su fiel sirviente. A la gloria alcanzó este esclavo que se elevó por encima de su humilde condición. La Patria entera reconoció su gesto, dándole un lugar en el Panteón Nacional para que el jefe glorioso y su fiel servidor sigan juntos en la eternidad, como juntos vivieron en el ostracismo.

La Patria ha reconocido este mérito de un humilde negro, nacido esclavo pero liberto por decisión del ilustre Oriental. Como dijera una destacada historiadora compatriota su origen se pierde “en la noche sin luz ni esperanza de la esclavitud. Tal vez era hijo de una pobre negra tan sin sombra como él. Una cosa ANSINA que creció en un rincón abandonado y por eso lo llamaron así: Ansina....... “.

En realidad Ansina fue un predestinado. Porque habiendo nacido en un medio miserable, en el más alejado de los límites de humildad y de pobreza, mereció el honor de compartir, por lealtad y fidelidad abnegada, la gloria que la Patria entera otorgó al Precursor de la Nacionalidad Oriental. Bien está que el pueblo rinda en el granito y en el bronce, modelado por Belloni este homenaje al Ansina esclavo y liberto. La historia quiere reivindicar al esclavo para glorificarlo en su nombre. Decimos eso porque se ha planteado la duda de si Manuel Antonio Ledesma o Joaquín Lenzina, fue realmente Ansina. Este vocablo era sólo un apodo recogido en la inscripción de su monumento en la Plaza Artigas. ¿Fueron Ledesma, y Ansina dos servidores fieles. Uno Ledesma llamado “el último soldado artiguista” y otro Ansina, en quien la historia y el pueblo todo reconocen corno símbolo de lealtad y fidelidad a su Fundador?

Sea cual fuere la verdad histórica, en la intención y en los hechos la Patria ha levantado este monumento reconociendo en el apodo, el mérito que la gloria reserva a quienes merecen bien de la Patria. Es por eso que, en este reconocimiento, no debemos ver solamente un alcance individualista.

Debemos ver algo más. Debemos ver en este negro ilustre, el germen, modelo o raíz de lo que ha sido la raza negra en el Uruguay, de los sentimientos que la impulsaron, de sus nostalgias, de sus luchas y de sus sufrimientos como raza sojuzgada. El negro de hoy, heredero directo de esa raza, debe sobreponerse al prejuicio histórico sabiendo que sobre él gravita también el peso de la gloria que iluminó la frente de Ansina y de todos esos fieles compañeros; de Artigas que formaron en la legión de gauchos de indios y de libertos en que se apoyó para darnos la patria, único motivo de su gloriosa existencia.

Ing. Ponciano S. Torrado
Almanaque del Banco de Seguros del Estado 1965

4/12/08

Montevideo se motoriza a toda marcha

Fue en 1910 cuando apareció en Montevideo el primer "taxímetro" a motor.
Aquel adelantado llegó en mal momento: todavía era tiempo de apogeo para los carruajes de alquiler tirados por caballos. Sumaban estos 150 en toda la ciudad, que no alcanzaba a los 280.000 habitantes, repartiéndose la clientela de apresurados o de buenos burgueses que acudían mas cómodos al teatro, a los cabarets, a la plaza de toros, hasta a las canchas de fútbol.

Los cocheros, desde lo alto de sus pescantes, sonrieron desdeñosos ante la aparición del carromato ruidoso que pretendía hacerles la competencia. Lo veían pasarse horas sin "agarrar viaje", mientras los carruajes de caballos iban y venían sin parar. "!Que ha de ganar ese espantajo. Mire usted que pretender hacernos la competencia esta fragilidad, con gomas infladas! Se ha de fundir su dueño, y bien merecido lo tiene, por desubicado y futurista ...". Así interpretaba el sentir de los aurigas un diario de la época, burlándose el también de la "ridícula" aparición.

Pero muy fallido fue este vaticinio: transcurrió tan solo una década, y ya en los años veinte apenas si quedaban quince carruajes de los de caballos, mientras que circulaban, muy orondos. 1800 automóviles taxímetros por toda la ciudad ...

Una victoria no menos arrasadora obtuvieron los autobuses, urbanos y de campaña. En la ciudad desaparecieron pronto los coches colectivos a tracción a sangre, mientras las diligencias serían desplazadas en poco tiempo de los caminos de todo el país. En los años 20, ya corrían sesenta autobuses a motor, uniendo a Montevideo con los poblados mas próximos.

Igual irrupción exitosa tuvieron los camiones. El primero que apareció en la Capital funcionaba ... a vapor, y era propiedad de la empresa de Obras de Saneamiento Scala. Pero poco después se introducían los camiones a nafta, y en 1935 ya circulaban unos 800 por todo el departamento de Montevideo.

Así, en corto lapso, nuestra ciudad vio transformada abruptamente su fisonomía callejera. El progreso motorizado, con empuje invencible, había aventado toda huella del tiempo viejo, e instalado en diez años a Montevideo en la dinámica de la modernidad.

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
Después del 910.

3/12/08

La Torre de los Panoramas

Le traté tres veces, como digo, y la primera fue en la famosa Torre de los Panoramas.
Era un viejo mirador que dominaba el mar y la bahía.
En él había una mesa y no mas de tres sillas.
En las paredes varias láminas y retratos.
Sobre todo el retrato de Julio Herrera y Obes, con esta expresión escrita debajo:
"Un farsante".

Julio Herrera y Reissig, era expansivo.
Al entrar en la Torre irguió su maciza figura y me abrazó.
Era rubio y su cabello que acostumbraba a llevar discretamente largo, se hallaba surcado por algunas canas.
Los ojos, de vago mirar, tenían esa errabundez de los miopes y de los videntes, y sus pestanias eran tan claras, que parecía casi albino por ese detalle.

Vestía un traje de saco, cuyo color ahora no recuerdo, - hace de esto veinte años -, pero la corbata que llevaba con cierta coquetería, era de lana tejida, armonizando con sus matices el amarillo y el violeta.

Naturalmente, hablamos de poesía.
Un grupo de admiradores lo rodeaba, en la medida que la Torre podía permitirlo.
Le dije primero que me había costado algo dar con su domicilio, pues la dirección que yo tenía no era esa.
Estuve seguramente en casa del hermano, bastante parecido a él.

- Y lo habrán recibido mal ... - me interrumpió, con expresión amarga y burlona.
Sonreí sin contestarle.
Con efecto, el preguntar por el poeta, una voz femenina había respondido de adentro con mucha aspereza.
La llegada del hermano cortó el exabrubto, que me dió las señas, cortes pero con sequedad.

Yo sabía que no marchaba bien con la familia.
Estaba mal también con la sociedad, como muchos otros escritores.
El ambiente uruguayo es excelente para una obra de cultura, pero los ambientes ensayados hasta ahora no son los mejores.
La gente se atemoriza y el escritor se desacredita.
Mi llegada pareció alegrarle sobremanera.
Estuvo cordial, recitó muchos versos, nos pidió a todos que recitásemos.
El lo hacía adoptando una actitud de inspirado, la cabeza echada hacia atrás, la voz llena de estremecidas palpitaciones ...
Le estoy viendo y oyendo, en el final de aquel bello soneto, que nos arrancó una calurosa ovación:

La media luna, al ver que te besaba, entró al jardín y se durmió en tu frente ...

Sonreía feliz, porque vivía exclusivamente para su arte.
Aquello era una fiesta para él.
La pobreza de su hábito se transormaba en un manto regio.
Cuando quiso agasajarme lo hizo de este modo:

- Venga, vamos a la azotea ... allí verá el mar y sentirá el viento fuerte.
Solo puedo obsequiarlo con eso: un chop de pampero.

Al separarnos me pidió el retrato, que prometió colocar en la pared de la torre.
Y lo cumplió, porque luego en una larga carta suya que conservo inédita, comenzaba diciendo:

"Sus ojos de sueño egipcio miran vagamente en mi espíritu nostálgico de su presencia, desde la pared de mi Torre de Aislamientos ... "

Diferencia de edades y de obra, ciertamente, había entre nosotros.
Pero una extraña simpatía nos unió durante algún tiempo.
Era muy generoso o se creía por encima de todos, pero su palabra de aliento la prodigaba sin cesar.
Y no con frases vulgares, sino con expresiones lapidarias.
Oigamos algunas que recuerdo:
"Es usted un dulce pájaro asiático, un pájaro milianochesco, que escapó a un mercader encantador de pájaros" ...
"Su espíritu es una síntesis originalmente religiosa de mirras budistas y sándalos salomónicos" ...
"Su talante me sedujo en el relámpago de una frase. Es usted fuerte y hondo. Las musas siempre le provocarán"

...

Y sus saludos epistolares por el estilo:
"De rodillas, el Hermano Julio Herrera y Reissig" ... "Cien veces le abraza su amigo, obrero silencioso" ... "Le estrecho en un abrazo de paz y de hondo aprecio" ...

Era un poeta.
Su alegría aquella tarde fue tan efusiva, que llegó a resentirse del corazón.
Sufría de allí, y al otro día tuvo que guardar cama.
Esa dolencia cardíaca trajo consigo el uso de la morfina, influencia que aparece luego en su obra, con algo de vértigo y de alucinación.
Del pecho murió siete años después.

De Ernesto Mario Barreda en Revista "Cruz del Sur" - 1909

11/11/08

Los Carnavales de antes

Uno siempre oyó hablar con deslumbramiento de los celebres carnavales del 900. Pero este era el juicio que les merecían a sus contemporáneos:

"El Carnaval ha perdido su tradicional algazara. Año a año disminuye el número de máscaras y comparsas, se efectúan menos bailes, se juega con menos entusiasmo y se encuentran un tanto insípidas las serpentinas y papelitos, que carecen de la contundente gracia de los baldes de agua de los carnavales de antes".

"Hemos tenido un carnaval callejero pobre, tonto, aburrido, como si el cascabelero Dios estuviera ya cansado de tantos años de calaveradas. Su cetro, que antes hacía brotar alegría, es hoy una macana cualquiera; y su pintoresco traje, antes tan brillante, esta hoy en tristes y sucios harapos. El Momo populachero es ya un atorrante juglar; y debe ser por eso que las máscaras, este año, se disfrazaron como él.
Fueron pocas pero malas. Queda el consuelo de que fueron pocas ... "

Boulevard Sarandí - Milton Schinca
(Anécdotas, gentes y sucesos del pasado montevideano)

10/11/08

Damas sobre un taburete

Por mas que sea muy conocido, conviene releer el testimonio sobre la indolencia colonial de nuestras gentes, que estampó el francés Dom Pernetty en su libro de mediados del 700 publicado en esa época por la editorial francesa Chausee de la Muette. (Lectura que se aconseja en estos tiempos vertiginosos de dos o tres trabajos per capita).

"Las mujeres y los hombres de Montevideo se levantan muy tarde; excepto aquellos que estan empleados en el comercio, que permanecen de brazos cruzados hasta que se les ocurra ir a fumar un cigarro con alguno de sus vecinos".
"La gente no se ocupa mas que de conversar en rueda, tomar mate y fumar un cigarro".
Aunque hay caza en las inmediaciones, los montevideanos no van de caza "porque eso los fatigaría".
"Algunos montan a caballo pero no para dar un paseo por los alrededores, sino simplemente para dar una vuelta por las calles.
Si les vienen ganas, se bajan del caballo, se juntan con algunos amigos, hablan dos horas sin decirse nada, fuman, toman mate y vuelven a montar a caballo".

En cuanto a las mujeres, el francés no las vio mucho mas diligentes:
"Permanecen sentadas toda la mañana en los taburetes de sus salas, teniendo bajo los pies una estera cubierta de mantas de indios o de pieles de tigre.
Allí, tocan la guitarra o algun otro instrumento y cantan o toman mate".
Y mas adelante observa: "Tienen la misma libertad que en Francia.
Les gusta hacer sociedad y no se hacen rogar para cantar, bailar, tocar el arpa, la guitarra, la tiorba o el mandolino.
Cuando no bailan, se mantienen sentadas en sus taburetes, colocados sobre un estrado al fondo de la sala de recibo".
En cambio cuando bailan, si bien abandonan el taburete, parecen añorarle:
"La manera de bailar tiene algo de la indolencia en que pasan sus dias.
En la mayor parte de los bailes llevan los brazos caídos, o cruzados bajo la mantilla, a la que llaman también rebozo".
La cosa cambia cuando zapatean; pero no demasiado:
"El zapateo se baila sin cambiar mucho de lugar; apenas parecen moverse; diríase mas bien que deslizan solamente el pie".
Y deslizando deslizando, se volverían hacia el taburete, con seguridad.

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

9/11/08

Un abultado testamento en San Felipe y Santiago

Dos canarios llegados a San Felipe y Santiago en 1729, hacen testamento veinticinco años después.
El documento, que se conserva íntegro, se convierte en un precioso y único documento de época, que mucho nos ilustra sobre usos y costumbres y hasta tics sociales de aquel Montevideo primerísimo y flamante.
El matrimonio lo componen un tal don Antonio Mendez y su esposa doña Juana Lorenzo de Villavicencio, ambos naturales de Lanzarote en las Islas Canarias, ambos analfabetos, lo que no les impidió enriquecerse grandemente en tan poco tiempo y a él desempeñar en dos oportunidades funciones en el Cabildo de Montevideo.
Conviene hacer notar que ese enriquecimiento hay que atribuirlo, por un lado, a una utilización seguramente juiciosa y sesuda de los muchos bienes que se les concedía a los primeros pobladores de Montevideo: solares urbanos, una suerte de estancia, una chacra, animales con que poblar esas tierras, herramientas, alimentación libre de costo, etcetera; pero además, ese matrimonio se estableció con comercio en Montevideo, y se ve que su explotación les resultó no poco fructífera.

El extenso testamento dedica larguísimas tiradas a enumerar los esclavos que el matrimonio lega a sus descendientes:
"Un negro llamado Tomás, de edad 40 años, tuerto del lado izquierdo.
Otro llamado Antonio, de edad 35, bueno y sano.
Un mulato criollo de edad 11 años, llamado Pedro, sano.
Un negrito criollo llamado Marcos, de 6 años, sano.
Otra negra llamada Susana, casada con un indio, de 35 años, buena y sana.
" Y seguirá la lista monótona, por páginas y páginas, mezclando esclavos con arcones, esclavas con tinajas, y de repente un juego de cuchillos de plata labrada, pero en seguida un mulato al que le faltan dos dedos.

Pero no es todo detallismo esclavista en esta nómina testamentaria.
Podemos averiguar por ejemplo, como vivían las montevideanas acomodadas en aquellos mediados del 700.
Entre cien mas, encontramos un "vestido de terciopelo azul con punta de plata, y una manta de paño morado fino con su punta de oro, y su toca bordada de realce de plata, que dejo a mi hija Rosa", puntualiza doña Juana.
O también: "Un vestido de damasco carmesí con dos galones de plata, y su manta de bayeta blanca con su cinta de oro".

Si preferimos averiguar que adornos ostentaban las montevideanas ricas, el testamento nos entera de la existencia de un anillo de rosas con las piedras de diamante; o de una sortija de oro con topacio y diamantes al lado; una cruz de oro con sus piedras de diamante: "dos pares de zarcillos de oro grandes, los unos de perlas grandes y esmaltado en negro y el otro esmaltado en verde".
O también una cadena de oro con una imagen de la Concepción y un San Benito.

En cuanto a mobiliario se legan "dos escritorios, el uno con ocho gavetas y su puerta con su llave de madera de cedro, y el otro de las mismas gavetas y genero".
Hay dos mesas, "una grande como de vara y media con su cajón de pino, y la otra de dos varas de una tabla de cedro".
Aquellas gentes usaban manteles de alemaniscos con "servilletas de lo mismo", cubiertos de plata, chocolatera, jarra de plata para agua, una salvilla con su pie y mate de plata "con su bombilla de lo mismo", doce candeleros de plata entre grandes y chicos ...

Esta detallada enumeración, de lo cual lo aquí descripto es apenas un reducido extracto, parece querernos alejar de la imagen tan difundida como tal vez inexacta en parte, de un primer Montevideo de hábitos rústicos y casi monacales, compuesto de mercaderes y labradores sin afición al lujo y la exteriorización.
Esos lujosos ropajes y esas alhajas de uso diario parecen desmentirlo.

El matrimonio legatario declara poseer una estancia entre el Tala y Santa Lucía, con cuatro mil cabezas de ganado ovejuno, 1500 vacunos, 500 yeguas, potros y caballos, once pollinos, 24 burras y dos machos, tres mulas como de tres años.
Y encima como si todo esto fuera poco son dueños de tres chacras.
Había en que fundar un legado tan extenso ...

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

30/10/08

La Tracción eléctrica - Su inauguración

Realizose ayer tarde la inauguración oficial de la primera línea a tracción eléctrica de la sociedad " LA COMERCIAL " , que en Montevideo abarca las empresas del ESTE, REDUCTO, UNION y MAROÑAS, y POCITOS, BUCEO y UNION.

El acto de inauguración dio motivo para que se exteriorizara el entusiasmo - más bien el ansia - de la población montevideana, por ver por nuestros llanos y cuchillas los " wagones sin caballos " " el eléctrico " , uno de los detalles más sentidos para que nuestra ciudad pudiera optar en justicia, al título de ciudad moderna y progresista. Desde temprano las calles se vieron concurridas por millares de personas que iban a situarse en las cercanías de la estación del Tranvía del Este, o por las calles, que el convoy, inaugural, debía recorrer. A las 2, Montevideo tenía aspecto de fiesta.

A las 3 y 5 salió de la estación el primer coche, el oficial, profusamente adornado con las banderas y guirnaldas. Siguieron a este ocho coches más, en los que se repartieron los invitados.

A las 4 y 30 los coches llegaban al Hotel de Los Pocitos elegantemente adornado, donde la concurrencia fue recibida con el Himno Nacional ejecutado por una buena orquesta.
Tomó la palabra el señor Federico R. Vidiella, presidente de la Junta, quién empezó diciendo que Montevideo puede enorgullecerse de haber sido la primera ciudad de Sud América que estableció el alumbrado eléctrico en sus calles, aunque quedó por demasiado tiempo aferrado al viejo, sucio y lento sistema de los tranvías a sangre.

Recordó que hace 38 años se inauguró el primer tranvía a vapor ferrocarril, como se le llamó, e hizo mención de las peripecias de aquella inauguración que presidió el general Batlle acompañado de sus ministros.

Hizo una descripción pintoresca de lo que esa Montevideo en aquella época; la PLAZA INDEPENDENCIA entonces la mitad de lo que es hoy, sin canteros, ni flores, ni árboles, ni jardines y ¡ oh felicidad ! ni ejes que ajustan a la inmensa carpa del circo SPALDING REDGES acampando allí como en plena Pampa, con las carretas de bueyes cargadas de manzanas, peras y sandías y las barcadas de naranjas del Paraguay, cubriendo el suelo; la UNION con POCITOS cubiertos hoy de palacetes y entonces un desierto; el PASO DEL MOLINO, ese barrio aristocrático de hoy, que se contentaba para sus comunicaciones con una pequeña diligencia, en el camino donde está hoy la Legación Argentina se atravesaba una zona de chacras.
LAS DILIGENCIAS entraban a la ciudad guiadas por cuarteadores agrestes y donde hoy se levanta el Palacio Arzobispal se encerraban todas las tardes las numerosas caballadas que arreadas al trote como en un potrero de estancia entraban por la BUENA VISTA, la hermosa calle URUGUAY de nuestros días.

" La Tribuna Popular " Martes 20 de noviembre de 1906 pág.2 y 4.

17/10/08

Riñas a propósito de toros y comedias

La vida del Montevideo colonial resultó mas de una vez sobresaltada por reyertas entre las autoridades, que si no redundaron en beneficio alguno para la ciudad, al menos sirvieron de sustancioso entretenimiento y pasto de chismes y habladurías al vecindario.
Así fueron las que protagonizó un malhumorado gobernador de esta plaza, don Antonio Olaguer y Feliú, a fines del siglo XVIII, quien tuvo encontronazos con el Cabildo de entonces, generalmente por cuestiones de protocolo y precedencia.

Así, el 24 de noviembre de 1794, se celebraba en Montevideo una corrida de toros.
Y durante su transcurso se produjo una escandalosa trifulca entre algunos cabildantes y el ayudante del Gobernador, Estevan Liñan.
Parece que era costumbre que los cabildantes tuvieran su palco propio y exclusivo en la Plaza, en la cual nadie mas que los regidores podía permanecer.
Y este Liñan penetró al palco para plantear un asunto relativo a uno de los toreros que participaba esa tarde en la corrida; pero concluido el tema que lo había llevado, el hombre no se retiró.
Inmediatamente el Alcalde de Segundo Voto, de muy buenas maneras, le hizo notar que debía marcharse del palco del Ayuntamiento.
El otro protestó, se entabló una acalorada discusión y al final Liñan se marchó enfurecido.
Pero corrió a darle parte de lo ocurrido al Gobernador Olaguer y Feliú.

Dos días después, este, en un oficio, le pide cuentas airadamente al Cabildo de su actitud.
Le replica el Cabildo que quiso evitar una infracción a las ordenanzas en vigor y observar la costumbre tradicional de no permitir ninguna presencia ajena en el palco del Ayuntamiento; pero esta explicación no satisfizo al iracundo Gobernador, quien le advirtió al Cabildo que de ningún modo iba a permitir que se le negase la entrada a su ayudante.
Atemorizado el Cabildo, terminó aceptando sumisamente la imposición para evitar mayores escándalos.
Y tan lejos fue en su acatamiento que autorizó al Ayudante del Gobernador a dar la señal de comenzar la corrida, contraviniendo así las ordenanzas, que indicaban expresamente que debía hacerlo el Alcalde de Primer Voto.

Para afirmar aun mas su victoria, el Gobernador dispuso la presencia de gente armada en las cercanías del palco de los cabildantes.
Parece que esta medida de fuerza produjo el descontento del vecindario, pues poco después fue hallado en la calle un pasquin (un "volante", diríamos hoy), distribuido el Jueves Santo, donde se protestaba contra la medida en estos términos bastante pintorescos:
"Se previene al señor Gobernador de Montevideo, nos deje libre el uso de las Iglesias, y este entendido que hace un grande agravio a los Vecinos, en las providencias que se advierten; y cuide de que la tropa cumpla con su obligación en celar la Ciudad, y se deje de pasmarotas que solo sirven para aparentar celo y asustar tontos".

Pero este no era el primer incidente entre ambos poderes.
Hubo otro anterior en relación con la Casa de Comedias, ya en el primer año de funcionamiento de esta: 1793.
Este primer teatro se había establecido en un corralón levantado en la Plaza Mayor, que después se incendió.
Y los cabildantes tenían reservada en él una puerta, por la cual ingresaban a su palco propio.
Pero en la noche del 15 de diciembre, cuando concurrieron a la función, se encontraron con la novedad de que la puerta estaba cerrada con candado "por la orden del Gobernador".
Tuvieron que volverse a casa los cabildantes "hechos la irrisión del pueblo".
Enfurecidos, le dirigieron una nota a Olaguer y Feliú, firmada por los Alcaldes de Primero y Segundo Voto:
"La falta de nuestra asistencia a la función de comedias que la noche del día de ayer se hizo en uno de los Corralones de esta Plaza, ha consistido en que la Puerta por donde deviamos (sic) entrar, estaba cerrada con candado, cuia (sic) llave, según se le informó al Ministro Juan Marín, se hallava (sic) en poder de Usía, y nosotros en la Calle" .

Negó el Gobernador ninguna intervención en le asunto, y a partir de allí se origina un profuso expediente ante la Audiencia de Buenos Aires, la que terminó dándole la razón a Olaguer y Feliú.
Pero mientras el diferendo se tramitaba, la guerra proseguía en Montevideo, y otra vez en relación con el teatro: el irritable Gobernador ordenó a los cómicos, y especialmente al cantor de la tonadilla que iniciaba la función, "que en la cortesía que solía hacer cuando salía a escena, se dirigiera en primer lugar a él y luego a los ediles".
Enterados de esto los cabildantes, le advirtieron a los cómicos que, si cumplian semejante órden, serían encerrados en la carcel de la villa.
Pero la amenaza no pudo cumplirse, porque cuando el cómico se dirigió primero al Gobernador, y el Cabildo, irritado, mandó prenderlo, la tropa no se movió, obedeciendo órdenes de aquél.

Este nuevo incidente dió lugar a otros cien oficios iracundos entre Gobernador y Cabildo, hasta que el tema fue elevado al mismo rey, por intermedio del representante del Cabildo ante la Corte de Madrid, Domingo Gonzalez Espinosa.
Pero no se sabe bien si llegó a fallarse el caso que parece haberse enredado en la maraña de los trámites burocráticos.

De ningún modo fueron estos incidentes aislados.
Aún antes, en tiempos cercanos a la misma fundación, se registraron graves disenciones en el seno mismo del Cabildo, el primero que tuvo Montevideo, nombrado por Zabala en 1730, lo que motivó la destitución del Alcalde de Primer Voto por órden directa del propio Zabala, y en otro caso muy sonado, otros dos cabildantes llegaron a luchar a sablazos en plena calle.

Es que, como comenta ácidamente un cronista de la época, "no serían auténticos hidalgos españoles aquellos, si no dedicaran sus ocios a dormir la siesta y a reñir, dos operaciones de tanta importancia y relieve para el buen tono en la vida de los hombres de alcurnia y bien nacidos ... ".

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

16/10/08

Los Tranvias llegaban a Los Pocitos

Naturalmente, que de los trencitos tirados por caballos es de lo que se trataba... Y habría que designarlos —así se les conoció en el viejo Montevideo— como los tram-ways”. Porque sus sucesores, que nuestros buenos abuelos llamaban los eléctricos, se inauguraron el 20 de noviembre de 1906. Casualmente, la primera linea de los tranvías eléctricos fue la de Pocitos. Pero el tren de caballos fue librado al servicio público a la playa de los Pocitos, el día de Año Nuevo de 1879. El sábado se cumplieron 121 años.
La "Sociedad Uruguaya de Tram-Way al Buceo", como se llamó primitivamente la empresa de capitales nacionales —como lo fueron diez de las once Compañías que llegaron a funcionar en Montevideo, siendo la excepción la del "tren brasilero”, la del Reducto, de accionistas y administración carioca— fue la cuarta que inició sus servicios en nuestra capital.

Comenzó sus actividades en 1875 y cambió de nombre al extender sus rieles desde el Cementerio y el pueblito costero que había quedado del Puerto de los tiempos de Oribe en la Guerra Grande, por la luego calle Comercio, hasta la Villa de la Unión.
Llegaba a la histórica "Restauración” de otros tiempos, sin interferir en el recorrido con el "tram-way”, que por el camino que se iba conociendo como de 8 de Qctubre, cruzaba la Unión, seguía hasta la Curva de Maroñas y tuvo su ramal hasta las Carreras Nacionales, es decir el Hipódromo. Partiendo de la Plaza Independencia, el trencito tomaba por Mercedes, Caiguá (hoy Edo. Acevedo>. r Rivera, ahora Guayabos, el camino Rivera hasta el Cementerio, más larde como decimos, por un sendero diagonal más o menos por donde hoy corre la calle Leopardi, entraba a Comercio, Asilo hasta Cipriano Miró de nuestros dias. Y en la esquina de 8 de Octubre se cortaban los rieles, no interfiriendo con la empresa rival...
En 1878 el Gerente de la Compañía, D. Rafael Pastoriza (una calle que hoy está al borde del barrio Villa Dolores, recuerda a este hombre de espíritu empresarial ) firma la solicitud al gobierno para que se autorice a tender una vía desde la Estación Pocitos —Rivera y la ahora Av. Soca, donde el Banco República tiene su Sucursal, aproximadamente— y por el camino de afirmado (?) llamado de Pereira, llevar los servicios tranviarios hasta la Playa de los Pocitos”.

Cumplidos los trámites, ya que siendo concesiones otorgadas mediante una ley para modificar los recorridos se necesitaba intervención legislativa, se accedió al pedido. “teniendo en cuenta el enorme progreso que para un poblado aislado sobre la costa, significaba que una hermosísima playa tenga su unión con la ciudad mediante los trenes a tracción a sangre”. Los trabajos de colocar los "railes”, como entonces se llamaban a las vias, se fueron cumpliendo más bien lentamente y asi la sociedad, que modificó su nombre nuevamente, agregando “al Buceo y la Unión, también a Pocitos, que se colocó en primer término".
Desde el entonces Camino Rivera, el recorrido del ramal era de dos mil metros: por Pereira hasta Vesubio (Berro), por esta calle cruzando Garibaldi (Guayaqui), Gral, Artigas (por un tiempo llamada asi Masini, antes de ser Artigas la hoy 26 de Marzo, tomando por Cristóbal Colón (Martí) y atravesando Apóstoles (Chucarro),De la Masoneria (J. B. Blanco), donde finalizaban las vías. Por allí funcionaba el almacén y cancha de bochas de Capellini, algún otro comercio, la zona estaba salpicada de viviendas en desorden edilicio y del arroyo al Este, el barrio de las lavanderas. La inauguración, muy comentada en "El Siglo” y "La Nación” —los dos polos de la empenachada prensa de la época— estaba fijada para el 10 de diciembre de 1878. Pero recién comenzaron los servicios el día de Año Nuevo del 79. El acontecimiento de la llegada del “tram-way" a Los Pocitos, sirvió para incentivar los elogios de su playa. Se decía que con gran comodidad y muy barato, siendo incluso un hermoso paseo, se podía disponer de baños de agua salada, dejando las peligrosas rocas del Sur de la ciudad, de la playita de Santa Ana o los baños en la playa Ramírez al lado del saladero del mismo nombre. En Pocitos, una playa limpisima, hermosa, enorme —en esto fincaba y no sin razón, una propaganda porque eso era verdad con óptica de la época y comparada con Capurro, dentro de la bahía—, Montevideo podía decir que tenía un verdadero balneario.

Para la temporada siguiente, ya existía un hotelito de madera, arrasado en el 8O y tantos por un incendio y se disponía de 64 casillas. Vendrían luego los carritos tirados por mulas entrando al agua, la primitiva terraza, las excursiones a caballo o en coche hasta el lejano Carrasco, los paseos en bote, la pesca. En las primeras temporadas, según llamativos avisos de prensa, el tram-way a Los Pocitos, Buceo y Unión, tendría un servicio diario a partir de las 4.20 de la... madrugada, cada 7 minutos hasta las 9.30. Desde esa hora “y por no poder ir a la playa a los rayos del sol", paraban los servicios hasta las 3 de la tarde, en que con la misma frecuencia se reanudaban hasta las 8 de la noche. Y aún los nocturnos, que salían del balneario a las 9, 9.20, 9.40 y el último a las 10.20 de la noche. Desde el Centro salía el coche que ya quedaba en el balneario, a las 9.40. Las tarifas, con derecho al uso de casilla era de dos reales: desde la Unión, combinando, el mismo precio y desde la Plaza Artola o del Buceo, doce centésimos. Las criaturas de hasta 8 años pagaban medio pasaje. Y "los sirvientes de las casillas atenderán y cuidarán la ropa sin percibir suma alguna”. La duración total del viaje de Plaza Independencia a la playa, era de 28 minutos.

Teniendo ya locomoción, Los Pocitos fue aumentando bastante rápidamente su población veraniega. Y algunos montevideanos se avecinaban permanentemente en la ex aldea de lavanderas y pescadores, ya que los trencitos, aún en invierno, mantenían un servicio cada hora, desde la salida a la puesta del sol.
Ya en el Ochenta y tantos, cuando se levantó en la arena el primer hotel, comenzaron a venir "veraneantes porteños”, como se les llamaba a los turistas argentinos.
Desde la Jefatura, en verano, se mandaban dos vigilantes en el primer tren y quedaban en el balneario todo el día. Porque la separación por sexos en la playa, como antes en Ramírez y en el Sur y Los Cuadrados en la Aguada, se hacía con gruesas cuerdas. En aquel ambiente tranquilo, esa vigilancia era la única función de los policías.

Recordemos que en nuestro medio, esa rigurosa separación rigió hasta el verano de 1913. Con una formidable polémica en la prensa, en el verano del año 14, desaparecieron los sectores.
Alguna vez nos ocupamos del nacimiento del poblado pocitense y de su evolución. Hoy, al cumplirse los 121 años del enorme progreso que significó la llegada del tren de caballos al balneario que surgía, nos pareció oportuno pergeñar esta crónica de uno de los mayores acontecimientos vividos por el poblado costero que estaba destinado a convertirse en el mayor barrio de la capital.

Juan Carlos Pedemonte - El País Enero de 1990.

28/9/08

Misericordia Campana

Todo Montevideo le conoce; como que ha sido el hombre que mas ruido ha metido en cuarenta años, largo de talle, desde el puesto que ocupaba, el mas elevado, sin duda, de los que puedan ocuparse en esta famosa ciudad de San Felipe y Santiago.

Nadie que no le conozca podría decir que aquel moreno patizambo y contrahecho ha sido, y es, la personalidad mas sonada y repicada de las que han pasado por el escenario de la vida pública, y ninguna tan pública como la suya, pues la ha exhibido a los cuatro vientos y en paraje donde no podía ocultarse a los ojos de cuantos quisieran curiosear todos sus movimientos.

Mas que árduo de resolver es el problema de saber si Misericordia, como el resto de los mortales, pasó por las estaciones de la vida precursoras de la vejez, pues ni los mas empolvados archivos, ni los mas antiguos cronistas hacen memoria de que alguna vez fuese mozo el hoy decano de los sacristanes.

Según él, nació en Pernambuco, de vientre libre, y se crió en el Convento de San Francisco, donde dice que recibió su educación, que debió ser escasa y mezquina, pues el hecho es que el discípulo de los Reverendos Franciscanos jamás conoció la O por redonda, ni para leída ni escrita, por donde se verá que, o era el alumno mas torpe o se cuidaban mas los maestros de sus refectorios y aleluyas que de hacer silabear al negrillo.

Pero, como no era cosa de mantenerlo para que creciese holgazaneando, determinaron los Reverendos ponerlo al servicio de la santa casa, y le destinaron al campanario, donde bajo la dirección de un consumado maestro empezó nuestro Misericordia a menear badajos a mas y mejor, hasta que llegó a ser un verdadero artista en todo lo que al arte campanólogo concierne.
Qué motivos tuvieron los Reverendos Pernambucanos para deshacerse del negrito Ambrosio, que así se llamaba, es cosa que nadie sabe, pero parece que fue por algo que él no quiere acordarse, como no quería Cervantes recordar el nombre del lugar de la Mancha en que nació el heroe de su libro.

Ello es que un día le embarcaron en un bergantín que levantaba anclas para el Plata, y otro mejor llegó a estas playas, sin mas bagaje que su habilidad, que no fue poco, pues ella le libro de montar guardias y entrometerse en otras pellejerías que eran entonces el pan de cada día, como que fue en los primeros dias del Sitio Grande, en que la línea era todo el día un pororo desde el mirador de Suarez hasta el de Pereyra.

Tampoco recuerda Misericordia como vino a caer bajo la dependencia del presbítero don José Benito Lamas, Cura de la Matriz a la sazón, pero el asegura que durante su curato fue cuando hizo oír por primera vez sus dobles y repiques aprendidos en el Convento de San Francisco, en Pernambuco.

Dice Misericordia que cuando llegó tenía 22 años, y que hoy tiene 90, pero es fuera de duda que esa cabeza no anda bien, pues la suma de los veintidos con los cuarenta que van corridos desde el comienzo de la Guerra Grande, daría apenas un total de 64 años; edad a todas luces apócrifa e inadmisible: de donde se desprende que tenía mucho mas cuando vino, o que llego mucho antes de que don Manuel Oribe despertase a los azorados habitantes de esta ciudad con aquellos 21 cañonazos con los que inició el sitio.

Sea de ello lo que fuere, el hecho incuestionable es que Misericordia, si no ha llegado al siglo, raspando le anda, como lo atestiguan sus achaques y sus canas que, por un fenómeno inexplicable, no son blancas como las de la generalidad de los mortales, sino verdosas, tinte que el atribuye al uso y abuso que ha hecho de la yerba mate, lo cual puede servir de base a la ciencia para investigar si efectivamente puede influir el cimarrón en el color del cabello.
Ahí está el fenómeno y pueden todos comprobarlo para que no se diga que miento. Juzgándole por el pelo, puede decirse que Misericordia está ahora en sus verdes años.

Contra él se estrellan y desbaratan todas las metáforas y circunloquios con que la imaginación ha querido poetizar los destrozos del tiempo. La nieve de los años, la escarcha de la vejez, y todos los símiles de ese género, rebotan en la cabeza de Misericordia, como contra una valla insuperable. Habría que apelar a la metáfora vegetal para hablar con propiedad de las canas del buen moreno.

Su nombre primitivo de Ambrosio es desconocido para la generalidad. El apodo de Misericordia le viene de su invariable costumbre de saludar a todo el mundo, diciendo en su media lengua: - Misericordia, seño!

Debe este negro tener larga historia, y su memoria debería ser un deposito inagotable de anécdotas e incidentes curiosos, pero, desgraciadamente para mi, ha caído en mis manos cuando ya los años le han tapiado los oídos, y perturbado los recuerdos a tal punto que es necesario valerse mas de la mímica que de la palabra para despertarle las ideas.

Pero todo lo que tiene de lerdo y apagado para contestar a lo que se le pregunta, tiene de listo y despierto para hablar de sus campanas. Se le avivan los ojos, se le agrandan las narices, se vuelve ágil y se relame con placer cuando cuenta la manera como debe repicarse en tal o cual solemnidad.

En el continuo trato con las campanas ha llegado a considerarlas como seres que viven o que hablan, y sus metálicos ecos los ha traducido al lenguaje común, creyendo de buena fé que los bronces dicen aquello que el se ha forjado a fuerza de oirlos.

Las grandes festividades de la Iglesia las solemniza Misericordia con el repique que el llama de San José, y cuyo compás lleva bailando a saltos, mientras que con las manos agita los badajos y canta al mismo tiempo:
"San José - cabeza me duele! San José - cabeza me duele! San José - cabeza me duele!"
Es de verle, tocando este repique en seco! Salta y gesticula como si estuviese en el campanario, imita el sonido de todas las campanas, y traduce los sonidos, explicando que, mientras la mayor dice con sus notas graves "San José!" la chica con su vocecilla aguda repite:
"Cabeza me duele - cabeza me duele!".

Otras veces cuando se trata de funciones de media gala, dice el que toca el repique del vintén, que es mucho menos complicado que el de San José.
"Manuel vintén! Manuel vintén! Manuel vintén!" dicen las campanas con invariable monotonía, solo interrumpida por algun floreo que de cuando en cuando se permite el artista para demostrar su habilidad que es consumada, pues se jacta de haber aprendido, en una sola lección que le dió un correntino, el repique llamado la garúa y que lo explica cantando:
"chachachan - chacha - chachancha, chachachan - chacha - chachancha" sin haber logrado todavía traducir al lenguaje común lo que la tal garúa dice.

Otra de las particularidades de su vida, que Misericordia oculta, es el motivo de su retiro de la Matríz, en cuyo campanario ejercitó por mas de treinta años los toques que aprendiera de su maestro pernambucano. Allí repicó el mucho antes de ser revocada la iglesia, cuando cada uno de los agujeros abiertos para colocar los andamios era una guarida de aquella lechuzas y murcielagos que salían entre dos luces a revolotear en torno a las torres y que después de Animas empezaban a revolotear a los transeuntes con ese fatídico sssch que, según las viejas, es pronóstico de muerte.

Dicen las malas lenguas que la causa de la despedida del moreno fue el haberse permitido dar un baile a son de órgano en el pequeño vestíbulo de la escalera que conduce al campanario. Otros dicen que fue su amor a San Francisco, bajo cuya educación se había criado, el que lo llevo al nuevo Templo de aquel Santo; pero, ya sea lo uno o lo otro, ello es que algo debe haber en la cosa, porque Misericordia se expresa en términos que llegan hasta el descomedimiento cuando habla de su antigua iglesia.

Pero de pronto, tiene el mas profundo desprecio hacia los actuales campaneros de la Matriz. "Esho napolitano trompeta", dice él con su lengua de trapo. "que no she ocupa ma que de gana vintene, y que rompe una campana cada shemana".

Esto de las roturas, sobre todo, le indigna. Según él, en todo el tiempo que estuvo en la Matriz, las campanas no han tenido ni un dolor de cabeza por culpa suya:
"Ninguna ha fallecido en mis manos" - decía el moreno con orgullo siempre con su tema de considerar a los bronces como seres vivientes.
- "Yo subo al campanario un cuarto de hora antes de empezar el repique, me decía muy serio, preparo mi instrumento y en cuanto suena la hora, ya empiezo, dele que dele, y toco como es de regla: no como esos napolitanos que hacen como les parece. Hoy (era sábado), cuando yo recién estaba en el segundo repique, ya ellos habían tocado el tercero".

Y al decirme esto hacía una mueca despreciativa como diciendome: "Vea usted que diferencia va de mi a ellos".
Y siguiendo con sus explicaciones, me decía que cuando se ha repicado un rato, no se puede tocar la campana ni con la punta del dedo, porque está como caliente, la menor impresión de frío puede hacerla estallar ! Y con que seriedad hace Misericordia estas explicaciones. Parece que en ese momento desempeña el profesorado en materia campanóloga, tal es la gravedad y la prosopopeya con que se expresa.

Ahí donde ustedes le ven, tan negro y tan feo, han de saber que ha tenido sus desveneos amorosos, y hasta llego a uncirse al yugo del Himeneo, sujeto al cual vivió por veinte y mas años, hasta que la Parca le libertó de la coyunda. Pero no por eso escarmentó el moreno, y volvió a las andadas, solo que como era tan baqueano en la iglesia, se casó por los fondos, talvez para probar si el matrimonio contraído por detrás de la iglesia daba mejores frutos que el celebrado por delante.

De los vástagos que tuvo, ninguno hizo huesos viejos, y a los dos les acompañó hasta la tumba desde su campanario con fúnebres dobles, que traducían el dolor del pobre moreno según eran de melancólicos y descompasados. Nunca tocó sus campanas con mas tristeza ni fervor. Años atrás, desempeñaba en la Matríz múltiples ocupaciones. En los momentos que le dejaba libre el campanario, desde la misa de alba hasta el toque de Animas, se ocupaba del aseo de la iglesia. Sacudía con mucho cuidado las venerables imágenes de San Felipe y San Luis; arreglaba los pliegues del manto de la Serenísima Virgen; le peinaba la lana al perro de San Roque; acomodaba convenientemente la florida vara de San José; y de cuando en cuando sacaba a ventilar el asno, la vaca, las ovejas y los pastores con que armaba el retablo y el nacimiento de la Pascua de la Natividad.

Pero donde se esmeraba y ponía toda su prolijidad era en el altar de San Benito, representante de su raza en los dominios del Reino Celestial. Allí era el tener siempre los floreros adornados, y el no faltar una vela, y el cuidar del paño del altar como si de finísimo oro fuese tejido, y el atender a que todo estuviese reluciente y primoroso.

Mas de uno y mas de dos de los reales con que las devotas le compensaban el cuidado de sus sillas, los aplicaba al adorno de su altar favorito, y era su mayor gloria poder obsequiar a su santo con un ramo de perfumadas azucenas y adornar los floreros con los mazos de alhucema con que contribuían los viejos negros que a la puerta del Mercado se ocupaban de la venta de raices y yuyos medicinales.

De la noche a la mañana se hizo Misericordia el héroe obligado de todas las funciones titiritescas. Tamaño desacato le puso fuera de sí en los primeros tiempos, y mas de uno de los perros que furtivamente se metían dentro de la iglesia sintió los efectos de la sobreexcitación en que vivía el buen moreno desde que se vió arrastrado de las alturas del campanario al tablado de un mal teatro de títeres.

Misericordia Campana, campanero de la torre de la Matríz, que así se llamaba el muñeco, era un verdadero héroe en todos los dramas y tragedias en que tomaba parte. El desfacía agrávios, protegía doncellas y viudas desamparadas, enderezaba entuertos, y siempre con tan buena suerte y fortuna que, a diferencia del Manchego Hidalgo, que allí donde se metía salía con algun diente de menos o algun tolondrón de mas, no metía el negro la pata en ninguna aventura que no saliera de ella triunfante e ileso, mas que fuesen los ejércitos de Xerjes los que por delante se le pusiesen. Todo era entrar en combate.

Misericordia, sin mas arma que su cabeza, pues de "capoeira" hería, y dejar el tendal de muñecos descalabrados, con gran aplauso de los chiquillos y niñeras, que a boca abierta y a moco tendido ponían sus cinco sentidos en las hazañas del negro, quedando con el corazón en un hilo mientras se revolvía a cabezazos entre los malandrines y jayanes que lo cercaban, hasta que la caída del último follón les devolvía la tranquilidad, viendo a su héroe quedar dueño del campo de batalla, sano y salvo.

Pero, Misericordia en los títeres, no es asunto para tratarlo así de paso, y no he de tardar en escribir el capítulo aparte que se merece, si es que alguna mejor cortada pluma no me releva de tan árdua tarea.

Y dejando el muñeco y volviendo a mi negro, ahí le tienen ustedes, apenas bosquejado en las carillas que llevo escritas, culpa, no de él, sino mía, que no supe trazarle en todos sus perfiles.
Quien quiere verle, no tiene mas trabajo que ir a San Francisco, en cuyo campanario luce hoy todavía las habilidades que aprendió en el Convento de los Reverendos Franciscos Pernambucanos, bailando al compas de sus repiques al son de:
San José - cabeza me duele!
San José - cabeza me duele! en las grandes festividades que solemniza la Iglesia, o repitiendo con sus badajos en las fiestas de menor cuantía, el Manuel Vintén! Manuel Vintén! que según él, dicen las campanas con su metálica lengua.

Noviembre 21 de 1882 De "Crónicas Montevideanas" de Sansón Carrasco.

26/9/08

La murga vino de Cádiz?

"LA MURGA VINO DE CADIZ", se suele afirmar categóricamente, no dejando lugar para las dudas u otras opiniones. Se habla de estas murgas, pero no de sus características, ni de lo que hacían. La hipótesis más difundida acerca del origen de la murga es la que afirma su procedencia gaditana. En resumen dice que la Ilegada a Uruguay en 1906, l9O8 o 19O9 de una agrupación proveniente de Cádiz, denominada La Gaditana, habría provocado la aparición en Uruguay de una agrupación también denominada “murga” - La Gaditana que se va -, que humorísticamente la imitaba. Es interesante ver en qué momento comienza a circular esta información en trabajos publicados, ya que éstos muchas veces se vuelven referenciales.


BUSQUEDA DE DOCUMENTACIÓN.
El antropólogo brasileño Paulo de Carvalho Neto estuvo relacionado a Uruguay entre 1952 y 1959 como docente e investigador en la Facultad de Humanidades y Ciencias, dedicándose al estudio de algunos aspectos de la cultura popular uruguaya. En 1960, ya radicado en Quito, publicó un folleto titulado "La Murga del Carnaval Montevideano". En este trabajo Carvalho Neto, basándose en testimonios fundamentalmente de directores murgueros como Pepino, Bermejo y Garín, aborda el tema del origen de la murga. Luego, en 1967 retoma y amplía el tema en su libro "El carnaval de Montevideo"(1). Dice Carvalho Neto: “Son raros los murguistas capaces de informar sobre el origen de la murga en Montevideo. La versión más aceptable nos dice que vino de España. Y que la primera que salió entre nosotros fue "La Gaditana que se va”(2). Esta simple presunción, en principio, de Carvalho Neto se convirtió en axioma y los trabajos que se realizaron posteriormente partieron de esa premisa: “La murga vino de Cádiz”. Gustavo Diverso, en su libro "Murgas. Lo representación del carnaval" recoge crónicas de la época en las cuales se precisa la participación de "La gaditana que se va" y su relación con la agrupación Murga Gaditana, su progenitora. Aparentemente en el año 1908 llega, formando parte de una compañía de zarzuelas, el conjunto Murga Gaditana, que provocó que en el Carnaval del año siguiente apareciera la primera “murga” montevideana "La Gaditana que se va", que imitaba a aquella murga de Cádiz. El espectáculo funcionó, al año siguiente salió la murga La Hispano-Uruguaya y así, según esta hipótesis, se habría ido gestando el género “murga" en el Carnaval montevideano.

Dice Gustavo Diverso: “Hemos visto que las murgas surgieron en nuestro país como una manifestación artística del carnaval, a raíz de un hecho fortuito que pudo haber sucedido en cualquier otro momento de la historia de nuestra cultura: un grupo de uruguayos que decidieron imitar una manifestación artística española en tono de broma, fue suficiente para que las murgas se constituyeran en una de las expresiones populares más importantes.(3) Estos son los datos que han manejado diversos autores para inferir que la “murga” vino de Cádiz. Sin embargo, el hecho de la llegada a Montevideo de esa agrupación llamada Murga Gaditana no generó el nacimiento de ningún género nuevo; a lo sumo provocó que algunos conjuntos carnavaleros incorporaran la palabra “murga” en su título. Sin embargo, las murgas que estamos acostumbrados a ver y escuchar durante el Carnaval montevideano, constituyen un fenómeno totalmente local. Por otra parte, la palabra “murga” no solamente es utilizada en Uruguay para designar un hecho artístico; en Argentina hay murgas, las hay en Panamá, y en diversas regiones de España también existen “murgas”. Afirmar que todas estas manifestaciones tienen un origen común gaditano es arriesgado. Debe aclararse: tanto la agrupación camavalera "Murga la gaditana que se va" como Murga la Hispano-Uruguaya, participaban en Carnaval dentro de la categoría “Mascarada”, que ya existía antes de la aparición de estos conjuntos. Nótese la importancia de la colocación de las comillas en el título del conjunto; las crónicas no dicen murga “La gaditana que se va”, sino que dicen “Murga la gaditana que se va” y aparecen en las listas de conjuntos de Carnaval junto con otros que no llevan el término “murga” en su título. Este hecho que parece trivial, en realidad es de suma importancia. Está hablando de un conjunto o conjuntos de Carnaval que participaban de la categoría “Mascarada” que tal vez, a partir de la presencia de la Murga gaditana comienzan a utilizar la palabra “murga” en sus títulos. Para nada está hablando de un nuevo género carnavalero, sino de la aparición de la palabra “murga” en los nombres de algunas agrupaciones. A manera de ejemplo, en el carnaval de 1910 aparece un conjunto con el título "Murga los bachichas", que en el Carnaval anterior había participado con el nombre "Los bachichas", sin la palabra “murga” adelante.(4) Ahora bien: la palabra “murga” ¿aparece en nuestro país recién en 1909?. No es así. Dice el diario El Ferrocarril de Montevideo con fecha 26 de diciembre de 1876: “La noche buena ha pasado entre nosotros como hacía años no sucedía. Ha reinado mucha animación, no escaseando, por cierto, las diversiones. Infinitas murgas han recorrido las calles, deleitando a los transeúntes y vecinos con esa música especial que constituye su principal y característico elemento.(5)


A NO TODOS LES GUSTABA.
No todos las crónicas coincidían en lo agradable de la música; refiriéndose a las agrupaciones musicales que en las fiestas del año 1869 recorrían las calles de la ciudad dice Joaquín Rodajas, periodista de El Ferrocarril: “De esa cantidad una tercera parte, por lo menos, inundaron el barrio de la Oleada sufriendo mis respetables orejas unas diez y siete cancionetas”(7)
Estas “murgas” que recorrían las calles y golpeaban las puertas de las casas para pedir dinero, no eran la únicas agrupaciones que lo hacían. También las comparsas de negros pasaban por las calles cantando: “Poco animada ha estado la noche buena. Los célebres trasnochadores de otros tiempos han desaparecido y apenas si se ve uno que otro que él o la tradición se divierte golpeando algún cacharro. Varias comparsas de la clase de color recorrieron las calles tocando sus alegres músicas”(8) En cuanto a los instrumentos musicales que llevaban estas agrupaciones algunas crónicas hablan de acordeón, platillos, bandurria, fagot y redoblante.
En la década de 1880 esas manifestaciones populares comenzaron a desaparecer frente al auge de los bailes, saraos y conciertos que se efectuaban por todas partes, y también por el cambio en la manera de festejar la Navidad; de una manera más íntima y familiar alrededor de la mesa.Tanto es asi que en el año l882 algunas pocas murgas destrozaron los oídos de los vecinos”.(10)

Queda demostrado, entonces que el término “murga” era utilizado en nuestra ciudad mucho antes de 1909 y para designar conjuntos musicales callejeros que recorrían las casas en los días de fiesta —por ejemplo, la Nochebuena— tal como lo dice el diccionario de la Real Academia Española.
Ahora bien, estas referencias a la palabra “murga” nada tienen que ver con el Carnaval, aunque es sabido que las comparsas de Carnaval de principios de siglo recorrían las calles anticipándose a las carnestolendas(11). En la Nochebuena de 1877 “recorrieron las calles las comparsas Las paseanderas, Negras libres, y Los calaveras” (12); “no faltaron las comparsas antes de tiempo”, escribía un cronista de El Ferrocarril.(13).


RELACIÓN MURGA-CARNAVAL.
Refiriéndose al Carnaval de 1890 el diario La época comenta: “Ha faltado el bullicio de las comparsas con murgas, de las que atronaban los oídos con los monótonos tambores y las latas con maíz.(14).
Esta crónica resulta fundamental pues aparece inequívocamente la palabra “murga” referida a un conjunto de Carnaval. Es decir; en 1908 cuando llega el conjunto Murga gaditana, que provoca a su vez la aparición del conjunto Murga la gaditana que se va, hacía décadas que el término murga era utilizado en nuestra ciudad y en nuestro Carnaval. La historia de esa murga gaditana y su imitadora montevideana no prueba absolutamente nada acerca del origen de la murga uruguaya. El nacimiento instantáneo, casi mágico de la “murga” no fue tal.
Los hechos culturales generalmente no son producto de la casualidad, sino que lo son de complejas relaciones sociales, que siempre es difícil mirar con otros ojos y otras cabezas en la distancia temporal. ¿No será posible que el género "murga" "a la uruguaya" estuviera germinando en esas manifestaciones populares de las nochebuenas y otras celebraciones del siglo pasado donde convivían agrupaciones de blancos y agrupaciones de negros recorriendo las calles de un Montevideo no tan poblado y extenso?
Así como en España este tipo de manifestaciones populares tuvo relación con otros géneros artísticos y fue adoptado por ellos, ¿por qué en Uruguay no puede haber sucedido lo mismo? Esas “comparsas con murgas”, ¿no pudieron ser el producto de esa adopción y no de una copia?


LAS CLASES POPULARES.
Durante el período que Barrán denomina “carnaval plástico”, se organizaron y oficializaron los corsos; se promovieron los “bailes de disfraz de sociedad” y a su vez se ordenaron los desfiles y las presentaciones de las comparsas(15), que estaban integradas “por lo más decente de la gente de color”(16) (las comparsas de negros), por “señoritas distinguidas de nuestra sociedad”(17) (comparsas de señoritas) y otras que estaban integradas por “jóvenes de lo más selecto de nuestra sociedad”.(18) En la década de 1900, tal vez partiendo aproximadamente desde fines del siglo XIX, con el fin del militarismo, las clases populares comienzan a tener mayor participación, como la tienen hasta nuestros días, en las comparsas, como así también en bailes y tertulias.
En 1909 un cronista del diario La Democracia protesta contra los bailes de Carnaval que se realizaban en el Teatro Solís “pues convierten el primero de nuestros coliseos, cuya importancia social es innegable, en una sala donde se congrega mucha parte del elemento peor de nuestros bajos fondos de ciudad metropolitana, donde el vicio ya ha clavado con saña su garra”(19).
El hecho de que las clases populares se incorporaran definitivamente a algunos espectáculos del Carnaval montevideano podría estar estableciendo un puente que vinculara aquellos conjuntos que recorrían las calles en las noche- buenas y otras fiestas, con las comparsas carnavaleras. En este sentido reviste singular importancia la participación en aquellas nochebuenas y otras fiestas de agrupaciones tanto de blancos como de negros. Los materiales encontrados hasta el momento no permiten afirmar que la murga uruguaya haya tenido origen en aquellas agrupaciones callejeras de las festividades del siglo pasado, o en esas “comparsas con murgas” de los carnavales, pues no aportan datos acerca de qué hacían esas agrupaciones para poder establecer esta relación. Sucede lo mismo con las razones aducidas por quienes sustentan la hipótesis del origen gaditano de la murga. De la lectura de tales trabajos sólo se puede deducir que a principios del siglo XX algunas agrupaciones o comparsas de Carnaval comienzan a utilizar el término “murga” en sus títulos, posiblemente tomándolo de aquella murga de Cádiz y su imitadora uruguaya.
Es fundamental, en todo caso, dejar claramente establecido que el término “murga" ya había aparecido en la ciudad da Montevideo, por lo menos hacia la década de 1870, denominando a una agrupación popular, callejera, de carácter musical. Y específicamente referido a una agrupación carnavalera, el término ya aparece hacia 1890, casi 20 años antes de la llegada de la Murga Gaditana.

Referencias:
1- Paulo de Cmvalho Neto: El carnaval de Mantevideo, Sevilla, España, 1967.
2- Idem: La murga del carnaval montevideano, Quito - Ecuador, 1960
3- Gustavo Diverso: Murgas. La representación del carnaval. Montevideo, 1989.
4-La Democracia: 17 de febrero de 1909.
5- El Ferrocarril: Montevideo, 26 de diciembre de 1876.
6- “Joaquín Rodajas” es el seudónimo que utilizaba el conocido memorialista Isidoro de Maria.
7- El Ferrocarnl: 28 de diciembre de 1869.
8- El Ferrocarril: 26 de diciembre de 1877.
9- Idem: 28 de diciembre de 1869.
10-Idem.: 26 de diciembre de 1882
11-Idem: 28 de diciembre de 1869.
12- Idem: 26 de diciembre de 1877.
13- Idem: 28 de diciembre de 1869.
14-La Epoca: jueves 20 de febrero de 1890.
15- José Pedro Barran: Historia de la sensibilidad en el Uruguay. Tomo 2: El disciplinamiento. Montevideo. 1991.
16- El Ferrocarril: Viernes 17 de febrero de 1871.
17- Idem: 4 de febrero de 1875.
18- Idem: 26 de febrero de 1876.
19- La Democracia 27 de febrero de 1909.

GUSTAVO GOLDMAN
Suplemento Culturas de El Observador - 27 de febrero de 1999