12/6/08

El imperio, América Latina y el socialismo - Chifflet

La historia demuestra que cada imperio impone sus principios ideológicos, religiosos o culturales, a los pueblos que busca dominar. Griegos, romanos, incas o mayas actuaron así. Actualmente, el imperio más poderoso de la historia, que tiene su centro en Estados Unidos, considera que América Latina es parte de la base de su poder y que en toda la región es necesario promover el capitalismo privado, el libre comercio y la inversión extranjera e interna en empresas.

Las concepciones que Estados Unidos sostuvo luego de la Segunda Guerra Mundial fueron aceptadas, en sus líneas fundamentales, por los militares de América Latina, que -educados en el centro imperial- terminaron considerando que los problemas que afectan a la seguridad estadounidense alcanzan al continente y aún a todo lo que denominan “mundo libre”.

El profesor Wilson Fernández, en un documentado libro que tituló “El gran culpable” y en el cual analiza la responsabilidad de Estados Unidos en el proceso militar uruguayo, sostiene que “la presencia militar en nuestras sociedades es un hecho central que no puede ser descuidado. Y menos en el ámbito de la política y la ‘seguridad interna’, expresados en el accionar de las fuerzas de seguridad latinoamericanas, en las cuales tal presencia es más tangible que en otros sectores”. En esa línea han actuado embajadores de Estados Unidos, desconociendo la soberanía de los países latinoamericanos. Y cuando hubo gobiernos y pueblos que se opusieron a la voluntad del centro imperial, se respondió con la invasión, como ocurrió en 1954 en Guatemala, o con el apoyo a la traición interior, como en 1973 en Chile.

Los militares que aceptaron la orientación dictada desde lo que se llamó “Escuela de las Américas” (a la que asistieron en casi medio siglo más de 60 mil integrantes de las Fuerzas Armadas de Latinoamérica y en la que recibieron preparación varios de los militares que encabezaron dictaduras de la región) coincidieron -importa subrayarlo- con la posición de los partidos de derecha (en Uruguay, sostenida por importantes sectores blancos y colorados).

Diarios de Uruguay (“El Día”, vocero del Partido Colorado, y “El País”, del Partido Nacional) apoyaron, por ejemplo, el golpe de Estado de 1964 en Brasil. Alineados en la posición de Estados Unidos, primero acusaron insólitamente al entonces Presidente brasileño Joao Goulart de “abrirle las puertas al comunismo”. Acompañaron la posición del “Washington Star” que sostenía -sin ambages- que “una rebelión de las Fuerzas Armadas conservadoras de Brasil podría muy bien servir los mejores intereses de todas las Américas”. Y una vez producido el golpe, obviamente promovido desde Estados Unidos, “El Día”, por ejemplo, sostuvo en un editorial del 2 de abril que “Minas Gerais, San Pablo y los Ejércitos II y IV estacionados en su territorio, se levantaron como una sola y poderosa voluntad en las últimas horas en defensa de las instituciones democráticas y en primer término, de la intangibilidad del Congreso de la Nación amenazado por Goulart y el comunismo, tanto como de la autonomía de los Estados, contra lo que la conjura totalitaria acumulaba fuerzas desquiciadoras, día a día más peligrosas”.

Horas después, el 3 de abril, “El Día” editorializó sobre el “significado continental del triunfo democrático”, sosteniendo que la irrupción militar en el gobierno de Brasil era “un gran acontecimiento para América”, y que “la derrota de la subversión comunista en Brasil está llamada a alcanzar proyecciones insospechadas sobre las orientaciones continentales”.

Es posible aportar testimonios, pues, que demuestran el alineamiento de los militares de derecha de América Latina con la orientación impartida desde el centro imperial, y el respaldo absoluto -en Uruguay- a esa política, de los sectores conservadores de los partidos tradicionales.

La hegemonía ideológica sobre los militares de derecha fue especialmente difundida por Estados Unidos, con el apoyo de los medios de comunicación de las oligarquías nacionales. La “internacional de las espadas”, que en la región se concretó en la “Operación Cóndor”, se alineó con los intereses del imperio y las oligarquías locales, respaldando a los regímenes sombríos que asolaron la región. Los pueblos, que soportaron con sacrificio las tiranías, han buscado caminos de progreso.

Contra la política del imperialismo, temas como la integración latinoamericana o la sustitución del capitalismo por un socialismo acorde con la experiencia mundial y las condiciones de cada país, despuntan, ya en la América del siglo XXI.

Guillermo Chifflet
© Rel-UITA
16 de julio de 2007

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