26/5/08

Pajarito Silveira


Pajarito Silveira
Un hombre gordo, entra como una tromba en la cantina del Círculo Militar, tira el saco de su ambo azul sobre una mesa y dice con rabia: "La puta que los parió, me estaban esperando y me sacaron fotos". Como si fuera una descarga reitera: "La puta que los parió" y se sienta furioso en una silla. Ese hombre es el coronel (r) Jorge Alberto Silveira Quesada, más conocido como "Pajarito", "Siete Sierras", "Chimichurri" u "Oscar 7", todos alias utilizados en los centros de tortura y muerte de la dictadura y la represión.
Está enojado, furioso, porque quedaban atrás casi 20 años sin fotos. Casi 20 años en los que solamente se mencionaba su nombre, en casi todas las denuncias de violaciones a los DDHH. Casi 20 años en que siguió su carrera militar, ascendió, le mintió a la Justicia Militar, le mintió al Poder Ejecutivo, eludió la Justicia civil y además eludió los pedidos de extradición de Argentina, Italia y España, donde están radicadas denuncias en su contra.
Lejos quedaron los años en que era amo y señor de las cámaras de tortura del OCOA y se sentía tan impune que mostraba el rostro, y a veces, para impresionar a los "pichis", hasta se hacía llamar por su nombre.
Vino la democracia, también vino la impunidad, pero sus contactos políticos no pudieron impedir que fuera denunciado por decenas de testimonios.
Silveira estaba nervioso, pero había cambiado tanto físicamente, de aquel oficial delgado, con pelo prolijo y bigote, a la apariencia actual, iba a ser muy difícil reconocerlo.
La impunidad alcanzaba hasta a su rostro
Por eso no quiere fotos, por eso su compañero de tareas, el coronel Manuel Cordero, se esconde cuando sale del juzgado, para que nadie se entere que se tiñó el pelo y que se deja y se saca el bigote para que nadie lo conozca.
Porque Silveira fue quien entregó a la nieta de Juan Gelman a la familia policial que la crió, junto con el "Conejo" Medina, que después fue quien asesinó a la nuera del poeta, María Claudia Irureta Goyena. Silveira sabe y aquí, y también en Argentina la Justicia sabe que sabe.
Porque Silveira era jefe de la tortura en el "Infierno Grande" del 13 de Infantería y sabe muy bien qué pasó con ocho uruguayos que fueron asesinados y enterrados allí: Carlos Arévalo, Eduardo Bleier, Juan Manuel Brieba, Julio Correa, Julio Escudero, Fernando Miranda, Laureano Montesdeoca y Elena Quinteros, esta última ejecutada, de acuerdo con la versión recogida por la Comisión para la Paz.
Porque Silveira por la responsabilidad que tuvo en el "Infierno Grande", en el Estado Mayor Conjunto y sus vínculos políticos sabe perfectamente cómo fue la "Operación Zanahoria" y qué pasó con los cuerpos de los/las desaparecidos/as.
Porque Silveira estuvo en Argentina, estuvo en Orletti y mintió cuando el fiscal militar Sambucetti lo interrogó el 16 de diciembre de 1988, supuestamente para cumplir con el artículo 4° de la Ley de Caducidad. Mintió, convencido de que los testimonios de los detenidos basados en su voz o en un recuerdo borroso de su cara, no los iba a tener que enfrentar .
Ahora todos esos reclamos tienen un rostro y a pesar del tiempo transcurrido y de los cambios físicos, todos los sobrevivientes de la tortura a los que LA REPUBLICA mostró la foto lo reconocen sin dudar. Por eso la foto era necesaria, para darle un rostro a la memoria y un rostro a la mentira.
Por eso Silveira estaba furioso, por eso se tapó, por eso increpó y volvió presuroso al Círculo Militar a refugiarse de nada: de una cámara de fotos. Tanta era la preocupación que denunció ante el Comando del Ejército que lo habían "perseguido para fotografiarlo", como si fuera un delito e incluso fue a plantear a Inteligencia del Ejército que investigaran quién le había sacado la foto y con qué objetivo.
Por eso la reacción: "La puta que los parió, me estaban esperando y me sacaron fotos".
¿Quién es "Pajarito"?
Silveira es uno de los emblemáticos de la represión. Estuvo en todos los principales centros de tortura: el "Infierno Grande" del Batallón 13 de Infantería, La Tablada que lo sustituyó a partir de 1977, el Infierno Chico de Punta Gorda, Artillería 1 de La Paloma, el Servicio de Información y Defensa y también viajó asiduamente a Buenos Aires, donde desplegó sus artes, fundamentalmente en Automotores Orletti.
Participó de todas las etapas de la represión y de todas las modalidades, torturó a los militantes del Movimiento de Liberación Nacional desde 1972, torturó a los militantes del Partido por la Victoria del Pueblo entre 1975 y 1977 y torturó a los militantes comunistas, especialmente de la Unión de la Juventud Comunista, hasta el final de la dictadura.
El Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA), se crea en 1971 y sus miembros estaban asignados a diferentes cuarteles; el "Pajarito" ya era uno de ellos.
Hay múltiples testimonios que lo acusan, testimonios de sobrevivientes de cada uno de esos centros de tortura. Silveira, "el Pajarito", era un tanto especial, le gustaba la tortura, la disfrutaba.
Según los testimonios, se especializaba en particular, en las violaciones y en la "picana", aunque no le hacía asco a ninguna especialidad de tormento. Si se puede decir así, tenía debilidad por la gente joven.
Fuentes militares dijeron a LA REPUBLICA que sus propios "compañeros de tareas" desconfiaban de él: "Llevaba las cosas a extremos enfermizos, torturaba por torturar, a veces durante días, sin preguntar nada".
Su crueldad fue relatada no sólo por ex presos, sino también por militares. En la edición de la revista Posdata del 26 de abril de 1996, en la nota titulada "Secretos de la Dictadura II", dos ex colaboradores del S2 (Inteligencia) del Fusna relatan: "Hubo un evento muy desagradable ahí cuando llegó un capitán de OCOA un día, que había uno en la "máquina", colgado. Este oficial de OCOA pregunta: ¿Lo puedo interrogar? (la pregunta se la hace al teniente de navío Juan Carlos Larcebeau, S2 del Fusna). Este responde: "Bueno interrógalo". Lo conecta y se afirma en el "teléfono" y empieza a darle y a darle y darle... y el otro empezó a cimbrarse, a cimbrarse, y empezó a largar espuma por la boca y le dio un ataque. Llamamos al médico. Quedó duro. Y Larcebeau se calienta y le saca la "máquina" al capitán de OCOA y le dice: "¿Qué hacés?, ¿sos tarado?, ¿para qué hacés esto? Le estás dando y dando y ni siquiera le preguntás nada. ¿Vas a matar a un tipo?", y el capitán de OCOA: "No, si cuando se mueren hacen cric (hace un gesto)". En testimonio posterior ante un organismo de DDHH los oficiales de la Armada reconocen que el capitán de OCOA al que hacían referencia es Jorge "Pajarito" Silveira.
Era tal la impunidad y por lo tanto el convencimiento de que no habría ninguna consecuencia por sus actos, que Silveira muchas veces torturaba e interrogaba a cara descubierta. Es decir, hacía levantar a veces las vendas o las capuchas de los detenidos y mostraba su cara, tanto en Uruguay como en Argentina.
Es más, la dictadura lo colocó a partir de 1977 como jefe de celdario del campo de concentración femenino de Punta Rieles, oficialmente denominado Establecimiento Militar de Reclusión N° 2 (EMR2). Se permitió así la prolongación de la tortura, las presas tenían como encargado del celdario al hombre que había torturado a muchas de ellas y que encabezó todas las operaciones de tormento psicológico y de hostigamiento dentro de la cárcel
Pero además Silveira, no se limitó a su papel en Punta de Rieles: durante días desaparecía del Penal, en realidad era para concurrir a La Tablada y participar personalmente de las sesiones de tortura a los militantes comunistas que caían en esa época, fines de los 70 y principios de los 80.
La permanencia y los vínculos políticos
Desde 1980 Silveira revistó en el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Conjuntas (Esmaco), desde donde se condujeron las conversaciones con los partidos políticos para la reapertura democrática. Fue jefe de administrativos en el Palacio Legislativo, donde operaba el Consejo de Estado, farsa de Parlamento montado por la dictadura, en el que se desempeñaron los civiles que se prestaron para apoyar al régimen. Prestó servicios bajo las órdenes del coronel Washington Cressi con quien había trabajado en el EMR 2.
Tras el retorno a la democracia y pese a ser mencionado en múltiples denuncias sobre violaciones a los DDHH, Silveira, permanece en servicio e incluso sigue ascendiendo dentro del Ejército. Siempre vinculado a la logia Chucrut, con fuertes relaciones con el Partido Colorado, en particular con el sector político del ex presidente Julio María Sanguinetti. Dejado de lado hasta cierto punto, como la mayoría de los miembros de su logia, durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle vuelve a los días de gloria, durante el segundo mandato de Sanguinetti, cuando es ascendido al Estado Mayor Personal del nuevo comandante en Jefe del Ejército, el teniente general Fernán Amado. La noticia de esa designación, mantenida en secreto por el gobierno, aparecida en LA REPUBLICA en abril de 1996, provoca amenazas de muerte y seguimientos.
Silveira, según fuentes militares, era la mano derecha de Amado para gestionar compra de armas y otros negocios en el Ejército, aprovechando sus vinculaciones.
Silveira trabajó estrechamente con legisladores y ex legisladores del Partido Colorado vinculados a negocios de importación y exportación y también mantiene una fluida relación con el polémico empresario Igor Svetogorsky, acusado de entregar comisiones y favores para venderle al Estado, especialmente armas al Ejército.
De hecho, cuando LA REPUBLICA logró fotografiarlo, salía de compartir un almuerzo con Svetogorsky en el Círculo Militar, en donde habían visto junto con otros militares retirados y políticos colorados, habitués del lugar, un partido de Uruguay.
Silveira además fue uno de los más activos animadores de las reuniones entre represores, que LA REPUBLICA denominó "Logia del Aquelarre", para ver cómo enfrentaban los pedidos de extradición del exterior y también cómo se manejarían ante las investigaciones de la Comisión para la Paz y las denuncias ante la Justicia en nuestro país. Fue y sigue siendo un cuadro de inteligencia militar, con vinculaciones económicas y políticas, operador de espacios de poder dentro y fuera del Ejército y, como no podía ser de otra manera, formado desde temprana edad en la Doctrina de la Seguridad Nacional por los EEUU en la Escuela de las Américas, adonde fue en 1968, cuando tenía 23 años.
Apuntes para un prontuario
Silveira nació el 20 de setiembre de 1945 e ingresó al Ejército en el año 1965, pertenece al arma de Artillería, al igual que Cordero y Gavazzo entre otros. A pesar de las múltiples denuncias en su contra, que tomaron incluso estado parlamentario, siguió con su carrera y pasó a retiro como coronel en el año 2000.
En 1968 como cadete realizó estudios en la Escuela de las Américas , donde se formaron todos los torturadores del continente. El curso fue: Special Cadet Course.
En 1971 se desempeña en el Grupo de Artillería Nº 1, con sede en La Paloma.
Según testimonios recopilados y ordenados por Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, durante los años 1972, 1973 y 1974 en el Grupo de Artillería Nº 1, integra el equipo del S2 con el grado de teniente, junto al mayor José Gavazzo, capitán Mario Mouriño, capitán Tabaré Acuña, entre otros. Muchos testimonios de militantes del MLN detenidos en dicha unidad hablan de los interrogatorios y torturas de "Chimichurri", como es el caso de Carlos Caillabet, Sixto Marrero y otros.
A su vez, va a interrogar a otros militantes del MLN en otras unidades militares, como es el caso de María Elia Topolansky, quien estando detenida en el Batallón de Infantería Nº 8 (en Paysandú) es interrogada por Silveira en el año 72.
En 1974, en el período en que desapareció Eduardo Pérez (a) "el gordo Marcos", uno de los que participa en los interrogatorios y torturas de todo el grupo de militantes del MLN detenidos en Artillería 1 en esa época, sigue siendo el "Pajarito Silveira", así lo señala el testimonio del ex diputado Víctor Semproni.
En 1976 y '77 revistando en la División de Ejército I es asignado directamente a OCOA. Varios de los militantes comunistas y del PVP torturados en el "300 Carlos", ubicado en el galpón del Servicio de Material y Armamento, en el predio del Batallón de Infantería Nº 13, lo identifican como uno de los oficiales que los interrogaba. Varias de las detenidas en "el Infierno", a pesar de estar con los ojos vendados, lo reconocen como uno de sus torturadores cuando éste llega como responsable del celdario al EMR 2 (Penal de Punta Rieles) en febrero del '77
En 1976 asciende a capitán.
Dice Ricardo Gil, detenido el 28.03.76: "Nuestra detención en marzo de 1976 marcó el inicio de la represión desatada contra el PVP, tanto en Uruguay como en Argentina. Estando detenido en La Paloma, en dos oportunidades se presentó Silveira a interrogarme sin que me pusieran venda ni capucha. Los soldados lo mencionaban por su apellido o por su sobrenombre indistintamente: Silveira o Chimichurri. Cuando me trasladan al "Infierno" (300 Carlos en Infantería 13), lo identifico como al oficial que llaman como "Siete Sierras" u "Oscar Siete".
Durante los operativos contra militantes del PVP en Argentina en julio de 1976, uno de los "uruguayos" que participó en los secuestros junto a los "argentinos" era el capitán del Ejército uruguayo Jorge Silveira. Dice Ana María Salvo: "Me llevan a lo que posteriormente se conoce como Automotores Orletti. En el lugar donde me ponen había mucha gente detenida. Se oían gritos y la radio muy alta. Todas las personas presentaban muestras de haber sido muy torturadas. Al poco rato de estar allí me suben por una escalera y me interrogan. El primero en hablar es el oficial Juan Manuel Cordero, quien me conocía por haber allanado varias veces mi casa en Montevideo durante el año 72. También estaban Jorge Silveira y Nino Gavazzo, que me habían interrogado y torturado en Montevideo, en el cuartel de La Paloma en febrero de 1974".
Cuando este grupo fue trasladado al Uruguay clandestinamente y llevado para continuar con los interrogatorios al local del "Infierno chico" (la casa de Punta Gorda, "300 Carlos R"), donde actuaba OCOA, uno de los oficiales activos continúa siendo Silveira. En cambio en el local de Bulevar Artigas y Palmar, donde funcionaba el SID, no era del staff permanente. Sin embargo concurría asiduamente, y se le vio en varias oportunidades cuando estaba detenida en este lugar, María Claudia García de Gelman. Según los testimonios de Ana Inés Cuadros, Ariel Soto, Víctor Lubián y varios otros: "llegaba siempre en un VW color blanco".
En enero del '77 cierran como lugar de detención de prisioneros de OCOA el "300 Carlos", ubicado a los fondos del Batallón de Infantería Blindado Nº 13, y abren como nuevo local de OCOA el "Infierno" en La Tablada. Varios de sus miembros son asignados al Establecimiento Militar de Reclusión Nº 2 (Penal de Mujeres en Punta Rieles) y llegan cuatro de los oficiales que habían torturado a los militantes del Partido Comunista en el "Infierno" o "300 Carlos". Estos eran: el mayor Victorino Vázquez, el teniente Roberto Echavarría y los capitanes José Luis Parisi y Jorge Silveira. Dicen las ex presas: "En general eran asignados a los penales los oficiales que por una razón u otra eran castigados. Muchas veces por haber matado en la tortura a algún detenido sin haber terminado con el interrogatorio". De hecho en el "300 Carlos" durante el '75 y '76 murieron unos nueve detenidos.
Testimonios como los de las militantes comunistas Rita Ibarburu, Sara Youtchac, Selva Brasselli, y varias más dan cuenta del "Pajarito" Silveira como el responsable del celdario. Sin embargo era de los que desaparecía por días y por una razón u otra, más tarde se enteraban que había estado interrogando detenidos en otras dependencias.
Interrogado en 1988 por el fiscal Sambucetti dijo que no estuvo en Argentina
Silveira le mintió a Sanguinetti y a la Justicia Militar
Cuando se aprobó la ley de impunidad el presidente Julio María Sanguinetti, para hacer de cuenta que cumplía con la investigación establecida en el artículo 4º, dio instrucciones y encargó de ese proceso al fiscal militar, coronel José Sambucetti.
El fiscal militar se limitó a citar a varios de los más notorios torturadores, que figuraban en todas las denuncias presentadas por organismos de DDHH ante el Parlamento y en los organismos internacionales, y preguntarles si las denuncias en su contra eran ciertas. Por supuesto, los implicados contestaron que no. El fiscal no hizo ninguna repregunta y mucho menos investigó nada.
Con esas versiones el presidente Sanguinetti dio por cumplida la investigación y convalidó la versión de los torturadores.
LA REPUBLICA accedió al acta del interrogatorio de Sambucetti al entonces teniente coronel Jorge Silveira.
El interrogatorio se cumplió en un juzgado militar el 16 de diciembre de 1988. Silveira negó haber tenido contacto con los represores argentinos, dijo que en 1976, cuando desaparecieron decenas de uruguayos en Buenos Aires, él estaba en Montevideo y negó conocer a varios de los desaparecidos, entre ellos a León Duarte y Washington Pérez.
Luego de mostrar las fotos obtenidas por LA REPUBLICA a varios de los sobrevivientes uruguayos de los secuestros en Buenos Aires, se confirma que Silveira mintió.
Aun en el absurdo de un procedimiento absolutamente irregular, Silveira mintió y por lo tanto debería invalidarse todo el proceso y volver a ser interrogado en el marco del cumplimiento del artículo 4º de la Ley de Caducidad.
Las mentiras de Silveira
LA REPUBLICA reproduce el acta del interrogatorio de Sambucetti a Silveira:
"En Montevideo, a los dieciséis días del mes de diciembre de mil novecientos ochenta y ocho, siendo la hora 11 y 30 y estando en audiencia el Sr. Fiscal Militar de 2do. Turno, Coronel José A. Sambucetti, comparece una persona citada, quien declara cese al tenor del siguiente interrogatorio:
P.- Por su nombre, patria estado, fecha de nacimiento, profesión y domicilio.
C.- Jorge Silveira Quesada, Oriental, casado nacido el 20 de setiembre de 1945, militar domiciliado Comando General del Ejército.-
P.- Si el día 9 de Junio de 1976 se encontraba en la ciudad de Buenos Aires.-
C.- Que no.
P.- Si puede precisar dónde se encontraba en esa fecha.-
C.- En Montevideo.-
P.- Si conoció al ciudadano Gerardo Gatti Antuña.-
C.- Que no.
P.- Si el 15 de junio de 1976 se encontraba en la ciudad de Buenos Aires.
C.- Que no.
P.- Si puede precisar dónde se encontraba en esa fecha.
C.- En Montevideo.
P.- Si conoció al ciudadano José Hugo Méndez Donadio.-
C.- Que no.
P.- Si el 17 de junio de 1976 se encontraba en la Ciudad de Buenos Aires
C.- Que no.
P.- Si puede precisar dónde se encontraba en esa fecha.-
C.- En Montevideo.
P.- Si conoció al ciudadano Francisco Edgardo Candia.
C.- Que no.
P.- Si el 13 de Julio de 1976 se encontraba en la ciudad de Buenos Aires.-
C.- Que no.-
P.- Si puede precisar dónde se encontraba en esa fecha.-
C.- En Montevideo.-
P.- Si conoció al ciudadano León Duarte Luján.-
C.- Que no.-
Si por las fechas mencionadas anteriormente tuvo alguna conexión con las fuerzas de Seguridad del Ejército Argentino.-
C.- Que no.-
P.- Si conoció a un ciudadano uruguayo radicado en la República Argentina de nombre Washington Pérez.
C.- Que no.
P.- Si tiene algo más que declarar.-
C.- Que no.-
En este estado leída que le fue al deponente, se mantiene y ratifica de su contenido, firmando conjuntamente con el Señor Fiscal.-
Teniente coronel Jorge Silveira
Coronel José Sambucetti"
Un testimonio:
Estaba vendada con una bufanda bien apretada y las manos las tenía atadas con alambre. Nos sentaban en sillas y nos asignaban un número. ¿Viste?, una busca fuerzas de cualquier lado, lo que yo pretendía era que no me destruyeran como persona y tenía como una necesidad de ubicarme siempre adónde estaba. Era como una forma de luchar contra ellos. Ellos no querían que supiera dónde estaba y yo entonces quería saber. Me levantaba la venda, hacía lo posible por ver un poco, entonces pude ver. Había una escalera para arriba que era donde interrogaban, gritaban por los números y te llevaban a torturar. En el centro había una radio con la música a todo lo que daba y policías masculinos y femeninos.
--¿Policías? le pregunto.
--Militares responde, policías militares. Te daban pastillas para ver si dormías y de eso yo nunca quise tomar nada, tenía miedo de que me drogaran. Con el tiempo hasta llegué a saber cuáles eran los números de la gente, porque asociaba los números con los gritos. Por ejemplo, sabía que a un número lo iba a seguir otro, porque interrogaban a uno y después al otro que tenía vinculación. Cuando no nos torturaban estábamos sentados en un colchón. No había día ni noche, porque torturaban las 24 horas, se sentían los gritos, cuando me llevaban a interrogarme veía por debajo de la venda las piernas de los compañeros que estaban colgados, pude ver a compañeros a los que les estaban haciendo el submarino".
Graciela describe así su primer encuentro con el entonces capitán Jorge "Pajarito" Silveira.
--La única vez que me levantaron la venda fue así: me sentaron en un escritorio y me levantaron la venda y era Jorge Silveira.
--¿Lo conocías?
--No, en ese momento no, pero por la voz supe que era el que siempre me interrogaba.
--¿Siempre te interrogó Silveira?
--Sí, a mí sí, en algunos momentos sentí las voces de otro, pero él estaba siempre. Era la voz que mandaba en los interrogatorios. Yo sentía gente alrededor, pero los otros no me preguntaban nada, el que preguntaba, siempre era Silveira. Un día me llamó, me hizo sentar, porque yo no decía lo que ellos querían y es que yo no tenía mucho para decir, en verdad. Pero, bueno, me llamó y me sentó en un escritorio. Me dijo que me sacara la venda. Yo pensé: si ahora me saco la venda y le veo la cara es porque me van a matar.
Me saqué la venda y me dijo: "Mirame nomás, no tengo problemas en que me mires. Esto es una guerra. Yo estoy de este lado y ustedes están del otro y yo no tengo vergüenza de estar de este lado, estoy convencido de estar de este lado. Si algún día, que no va a pasar, yo estoy del otro lado, tampoco me va importar. Yo estoy convencido de lo que estoy haciendo". No sé por qué lo hizo. No es como dice (coronel Manuel) Cordero, que el interrogatorio servía para sacar datos; creo que había mucho más que eso. Querían sacar datos, pero además querían destruirte como persona. Querían destruirte, acabar con tu ideología, como no podían hacían todo eso. Ellos veían que hacían todo eso y pasaban los años y la gente seguía en esa resistencia y en esa lucha, entonces querían destruirte como persona, volverte loco.
La violación
Las sesiones de tortura se sucedían, Silveira se ocupaba personalmente de Graciela y en medio de los golpes, la picana y el submarino, consistente en sumergir la cabeza del detenido en un bidón con agua y orín hasta que los pulmones están por estallar, le preguntaba siempre si era virgen. Graciela, en medio de aquella locura no entendía la relación de eso con las preguntas y la tortura. Lo descubrió pronto.
"Silveira una de las cosas que siempre me preguntaba era si era virgen. ¿Qué tiene que ver eso dentro de un interrogatorio? Siempre me preguntaba eso, desde el primer día, apenas llegué. Al poco tiempo supe por qué preguntaba. Porque no sólo fui torturada sino que también fui violada, por él.
--Graciela, cuando decís que te violó: ¿fue en el marco de un interrogatorio?
--No, me llevó y me violó.
Testimonio de Dari Mendiondo Bidart
La historia tiene sus recovecos, sus ironías, que no cesan de dejarnos perplejos y “apoplejiados”. Hombres que tuvieron todo el poder en sus manos, vale la pena recordar que cuando se da el Golpe de Estado en junio de 1973 éste fue cívico militar; además de los incondicionales del motín, había objetivamente una corriente de opinión que creía, que estaba convencida, que era necesario poner orden; de ahí que vieron con simpatía y otros con complicidad complaciente, el golpe de Estado.
En la medida que transcurre el tiempo y la aplicación de orden empieza a utilizar el desborde, represión ilimitada a todo el que no estuviese de acuerdo con la dictadura, al mismo tiempo que un grupo se apodera de los puestos clave de mando de las Fuerzas Armadas, y en particular, del Ejército, empieza a deformar el objetivo que “la fuerza” se dio de defender las instituciones del peligro subversivo, llámese tupamaro o marxista, según ellos amparados en los corruptos políticos que eran incapaces de contener la subversión. Entonces empiezan las operaciones internacionales con los aparatos de inteligencia represivos de la Argentina, de Brasil, Chile, con el consentimiento y, porqué no, el apoyo de la CIA, interesados directos en destruir la subversión marxista en el continente que la revolución cubana inflamaba.
En ese cuadro político favorable para los golpistas, se fueron dando los factores de desviación de objetivos primarios y empiezan a sucederse los fenómenos que, hoy a la luz de la revisión que hace este gobierno sobre la política de los derechos humanos, explotan en el rostro del pueblo uruguayo las brutales aberraciones que hicieron militares de los servicios especiales del Ejército, de la Marina, de la Fuerza Aérea y de la Policía. Todo ello bajo la conducción de un comando único que el EsMaCo (Estado Mayor Conjunto), o inventos como la OCOA (organización coordinadora de operaciones antisubversivas).
Los integrantes de estos aparatos, liberados de todo contralor, motivado por lo que ellos llamaban “operaciones especiales”, que significaban la aplicación de “el fin justifica los medios”, hicieron harina los derechos constitucionales de los ciudadanos, y la carta de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos. Por si eso fuera poco, se dedicaron a traficar, a despojar y a robar desde las cosas más insignificantes (como robarte los zapatos y objetos personales) hasta autos, inmuebles, cuentas bancarias, y empezaron a traficar, culminando esa horrorosa ordalía traficando con seres humanos, particularmente niños.
Los peores instintos se despertaron en esos hombres, deshumanizándolos y convirtiéndolos en fieras abominables; sin embargo ¡oh contradicciones de la vida! tenían familia; otros formaron familia, mientras miles de presos eran encarcelados, cientos de miles de uruguayos eran acorralados; ellos hacían de la defensa del orden un botín de guerra. A la vez hacían una vida civilizada en la medida que formaban y desarrollaban familias que hoy tienen que soportar, o acompañar, a padres o abuelos que en lo más intimo es su sangre, con la cual –sin la menor duda- hay afectos, pero que, sin embargo, ante la sociedad son aborrecibles criminales, porque el pueblo, el país, la nación, le brindó un uniforme para enaltecer sus cualidades y no envilecerlas.
Hoy es la hora de la verdad, ellos, los que tuvieron el comando de la OCOA, los capitanes, los tenientes, los que tuvieron todo y a todos en sus manos; en mi caso personal debo decir que estuve casi 50 días descalzo y en calzoncillos en el “300 Carlos” soportando los interrogatorios y las torturas que, según sus métodos, eran el submarino con agua, el submarino seco, la colgada con los brazos hacia atrás hasta descoyuntarte y luego ponerte en un cajón y ahí días y días los huesos volviendo a su lugar y sólo sale de tu boca el dolor, el ¡ay, ay, ay!, pero la picana también está presente, en un cable de corriente que salía de la pared, o la otra, en una cama de hierro electrificada, y si no la otra, una picana que se le aplica al ganado con batería, donde te la ponen en los testículos, en el pene, y mucho, mucho en la cabeza; pero además, otro ingrediente: el caballete; un artefacto de madera que tu crees que te afecta los testículos, en realidad te afecta la columna vertebral; pero si además te atan el pelo, que está largo, a una cuerda que está en el techo, y todavía, el que te interroga, que dice llamarse Oscar2, te golpea con una cadena, hasta que estalla todo, revienta el pelo, salta la cuerda, te desmayas o mueres... y así, un día, y otro día, y otro día... hasta que te acostumbras a dormir con el enemigo: el tormento es parte de tu existencia. Entonces da lo mismo vivir que morir.
En ese equipo estaba Oscar 7 Sierra, alias “pajarito”; se sentía tan omnipotente que era de los que aparecía y te sacaba la venda para que lo vieras; porque creían, estaban convencidos, de que el sistema que habían impuesto sería eterno. Pues se han equivocado, si bien militarmente lograron el objetivo de llegar al poder, de desarmar el aparato del MLN y golpear duramente al Partido Comunista y la fuerza de la resistencia, en el tiempo se fueron desgastando y luego recibieron la peor de las derrotas: la política, que es cuando el pueblo los repudia y no los quiere ver más en el poder.
Pero en las fuerzas cívicas que los apoyaron, habían políticos, pero también fuerzas económicas, sectores económicos, la clase dominante los cobijó, los alentó, les abrió las puertas de sus mansiones para que disfrutasen la deliciosa y rosada vida que vivían, hasta que les dieron las espaldas y además, hoy, son los que más les cobran; porque los acusan de que sus excesos facilitaron la acumulación de fuerzas de la izquierda que hoy está en el gobierno, y que no hace cambios sólo en las políticas de derechos humanos, sino que distribuye la renta nacional –por primera vez- con un sentido como lo soñaba el prócer de los orientales: don José Artigas. Entonces les preocupa la irreversibildad del proceso, en la medida que el pueblo vaya haciendo conciencia de la necesidad de afirmar los cambios, pierdan el control del país en el cual, en esos 178 años, 600 familias emparentadas entre sí han tenido el poder real en el Uruguay.
Lo del “pajarito” Silveira nos coloca ante una nueva realidad, en la cual –sin ánimo de venganza, sin revanchismo, pero con serenidad y firmeza- es necesario seguir en el camino que estamos hasta que se conozca toda la verdad y que la justicia haga justicia.

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